La Modernidad capitalista ha vaciado a las naciones de arraigo, memoria y fe; produciendo sujetos sin pasado, sin lazos y sin dirección: el consumidor perfecto. Mientras tanto, la población musulmana se expande con una convicción tradicional que nuestras democracias liberales ya no poseen. Ante esta encrucijada, los ateos no pueden refugiarse en un laicismo ingenuo. Su única defensa pasa por la unidad estratégica con los católicos.