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  • Elecciones en Colombia: Entre el fraude y la ilusión democrática

    Elecciones en Colombia: Entre el fraude y la ilusión democrática


    Contra todo lo pronosticado por las encuestas, el preconteo de las elecciones presidenciales en Colombia, celebradas el domingo 31 de mayo del año en curso, dio como ganador de la primera vuelta a Abelardo de la Espriella, candidato de derecha liberal e imitador de Milei y Bukele. En segundo lugar quedó Iván Cepeda, continuador del gobierno de Petro y representante de la izquierda indefinida fundamentalista colombiana, que se autodenomina progresista o socialdemócrata.

    A las pocas horas, el presidente Gustavo Petro publicó en X (antes Twitter) una denuncia de fraude electoral: según él, hubo alteraciones e irregularidades en el software de la Registraduría, donde a último momento se registraron 885.409 votantes más, entre otras anomalías en los puestos de votación.

    Todos los que hemos crecido en un barrio popular de Colombia sabemos bien que fraude siempre ha habido, hay y habrá. De todas las formas posibles: compra de votos, coacción en zonas de conflicto armado, presión de jefes sobre empleados en ciertas empresas, manipulación de formularios E14 y de jurados de votación, manipulación del software y del registro de votantes, muertos que votan, etcétera.

    Aquí la verdadera cuestión no es si hubo o no fraude, sino si la justicia colombiana reconoce o no que lo hubo, a quién favoreció y si su magnitud fue determinante para inclinar la balanza hacia un lado. Pero ni siquiera mediante el escrutinio es posible conocer la cantidad real de votos comprados o coaccionados. La verdadera escala del impacto del fraude en los resultados nos es inaccesible, y lo será siempre en esta farsa llamada democracia liberal burguesa.

    Con todo, lo más probable es que el balotaje, la segunda vuelta, lo gane Iván Cepeda, por estar inserto en un movimiento político plural que ha sabido capitalizar el descontento popular contra la clase dirigente tradicional y seducir a la mitad de la población al prometer mejores salarios, educación gratuita, acceso público a servicios de salud y una “revolución” agraria (que no es más que una reforma para restituir algunas tierras a campesinos).

    Las posibilidades de Abelardo de la Espriella también son fuertes, pues el país se encuentra profundamente polarizado —como ha sido desde hace doscientos años— entre dos grandes fuerzas: liberales progresistas y liberales conservadores. Ya desde la década de 1830 comenzaron estas disputas caudillistas y bipartidistas entre liberales exaltados (llamados progresistas) y liberales moderados (llamados también retrógrados o conservadores) de las que al día de hoy no hemos salido.

    Tomar postura por uno de estos bandos resulta complejo para un comunista, pues cada uno tiene sus pros y sus contras.

    Si fuera una mera cuestión moral, sin duda Cepeda sería preferible debido a la cantidad de escándalos de corrupción y nexos de su oponente con paramilitares, narcotraficantes y las élites burguesas dominantes en Colombia. Pero no tener vínculos comprobados de corrupción no es el único criterio para ser un buen gobernante. Dejar de ver la política como una lucha entre el “bien” y el “mal” es el primer paso para madurar políticamente.

    Se podría estar de acuerdo en que Abelardo es el “mal mayor”, pues, pese a denominarse “patriota”, es el más apátrida y cipayo de los candidatos, debido a su sumisión total a intereses extranjeros, concretamente anglosionistas. Pero eso no significa que Iván Cepeda sea el “bien”. No se puede esperar mucho de un eventual gobierno suyo porque, además de representar a una izquierda idealista e ideologizada, no tiene ni el interés en el discurso ni el poder material de impulsar reformas estructurales pues no cuenta con mayorías suficientes en el Congreso, ni el respaldo de las FFMM, ni una doctrina o teoría revolucionaria sólida. En el mejor de los casos, los pocos logros que obtenga en materia de derechos laborales y mejora de las condiciones de vida de los trabajadores no serán gran cosa: estará limitado por poderes políticos y económicos más fuertes que él, y todos los derechos que se puedan conquistar durante su gobierno se perderán en el siguiente, como ha ocurrido siempre.

    Mientras el centro del debate nacional no sea la estructura económica, la propiedad y gestión del excedente de producción (por y para la clase trabajadora), y la articulación de un bloque geopolítico económico-militar estratégico que garantice una verdadera soberanía nacional sin injerencia de intereses extranjeros, todo lo demás son cartas a los Reyes Magos; todas sus promesas de campaña están escritas en una pizarra con tiza que fácilmente se puede borrar y reescribir. Todos los derechos y avances que se conquisten hoy se perderán mañana, y se volverán a conquistar después para volverlos a perder, en el círculo vicioso interminable del pendulazo ideológico que inestabiliza al país y hace imposible toda continuidad y todo proyecto político de largo aliento.

    Los cambios que ocurran serán superestructurales: los colores, las formas y las épocas, pero los problemas estructurales (la contradicción capital-trabajo) seguirán siendo los mismos hasta un eventual colapso de la sociedad o la apropiación del territorio por una sociedad externa. Esto es lo que ha pasado históricamente y sigue pasando hoy como podemos ver en Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Chile, etcétera. Y seguirá pasando, al menos mientras no nos organicemos masivamente para derrotar de raíz al orden liberal burgués.

    Por ahora nos quedan tres semanas más de circo electoral hasta que el 21 de junio se defina quién llegará a la Casa de Nariño a administrar los negocios de las burguesías nacionales y extranjeras que depredan y parasitan al pueblo colombiano, su territorio, sus recursos y sus instituciones.

  • Colombia como centro unificador de la Iberofonía

    Colombia como centro unificador de la Iberofonía


    La República de Colombia tiene una situación geopolíticamente privilegiada para ser el centro de gravedad sobre el que podría orbitar la unificación iberófona. Tiene frontera con Brasil, la gran nación lusofona, la nación política iberófona más poblada y más extensa geográficamente hablando. Y tiene contacto con América central a través de su frontera con Panamá, lo que le acerca a México. Colombia tiene la posibilidad de ser el nexo de unión de Brasil y México en la Iberofonía, y también, a través de su numerosa población migrante en España, de acercar a la Madre Patria al resto del mundo hispano. No obstante, su privilegio es también su mayor peligro, y en este artículo explicaremos por qué.

    Colombia, en su Constitución nacional, vigente desde 1991 y actualizada mediante Actos Legislativos en 2016, se define en su Artículo 1 como un “Estado social de derecho”, unitario y descentralizado, democrático, participativo y pluralista. Se puede decir que Colombia ha logrado alcanzar, a pesar de su atribulado siglo XX, el estatus político de una democracia liberal burguesa avanzada con claros componentes ideológicos socialdemócratas. En su preámbulo reivindica la “comunidad latinoamericana”, con lo que su idea de unidad se inserta claramente en el latinoamericanismo. Ello explica, en gran parte, cómo a nivel de superestructura ideológica el progresismo, como forma de-generada de la izquierda socialdemócrata, la cuarta generación de las izquierdas políticamente definidas, es la ideología hoy reinante en Colombia. Esto que digo no implica negar la mayor a todo lo que haga en materia política el partido político gobernante en el país, el Pacto Histórico, surgido de una coalición previa del mismo nombre en el que han convergido diversas fuerzas políticas socialdemócratas más el Partido Comunista Colombiano, dando lugar a una organización que está más en la línea de un Morena en México o un Podemos en España, salvando las distancias y teniendo en cuenta las diferencias entre estos tres partidos políticos.

    Con lo que llevamos expuesto queremos señalar que la socialdemocracia desmarxistizada típica de las democracias liberales burguesas avanzadas en la Iberofonía es la modalidad de izquierda tolerada y apoyada desde la propia estructura política constitucional de Colombia. La socialdemocracia colombiana es latinoamericanista, indigenista, feminista, ecoambientalista y tercermundista, o como se diría ahora, defensora del papel de Colombia dentro del llamado Sur Global. De esta manera, el perfil del Pacto Histórico combina las tradiciones políticas propias de las izquierdas colombianas del siglo XX, que desarrollaron su trayectoria política en un contexto de guerra civil no declarada entre las guerrillas, las contraguerrillas, los narcos y el Estado, y las tendencias de la izquierda indefinida surgida entre Europa occidental y los Estados Unidos de Norteamérica también en el siglo pasado, y que ya hemos mencionado (feminismo, ecologismo, indigenismo, etc.). Por ello, las posiciones de Gustavo Petro, presidente actual del país, ejemplifican esta combinación en la que, con características propias, Colombia está regida por una fuerza política reformista, no revolucionaria, que combina aciertos y errores en política interna y exterior. Dichos aciertos (por ejemplo, el Plan Nacional de Desarrollo, el aumento del salario mínimo, la reforma tributaria o el plantar cara a Trump en sus arengas contra la soberanía colombiana) y errores (latinoamericanismo indigenista) son expresión, precisamente, de la combinación de ambas tradiciones políticas, la autóctona (de la que partirían los aciertos) y la foránea (de la que partirían los errores). Por esta atribulada combinación de líneas políticas a seguir, Petro y el Pacto Histórico están lejos de ser una vanguardia revolucionaria unificadora no ya solo de la Iberofonía, sino incluso de la Gran Colombia que Petro lleva reivindicando hace tiempo. La reunificación de la Gran Colombia, que se formó sobre la base del Virreinato de Nueva Granada en tiempos del Imperio Español, sí podría ser un gran paso a hacia la unidad suramericana, iberoamericana e iberófona después. Pero todavía estamos lejos de ello, y no consideramos que la socialdemocracia pueda ser la ideología adecuada para liderar estas reunificaciones.

    Colombia es 2,3 veces más extensa que España, tiene 1.142.000 km2, siendo la 25ª nación política más extensa de la Tierra. Y tiene una población que camina ya hacia los 60 millones de habitantes. Además del español se hablan en Colombia hasta 65 lenguas prehispánicas, dos criollas (palenquero de San Basilio y el criollo de las islas de Providencia y San Andrés), el romanés o romaní gitano y la lengua de señas colombiana. Tiene frontera con Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá. Por tanto, demográficamente hablando, Colombia es un país muy diversos y grande que supone la entrada, por tierra, tanto a América central y del Norte como a América del Sur. Es una de las naciones más militarizadas de América del Sur. Las Fuerzas Militares de Colombia cuentan con un total de 593.800 efectivos, según datos de The Military Balance, de James Hacket, publicado en 2021 (p. 404). Además, cuentan con hasta 995.000 reservistas, según el 2022 Colombia Military Strength, de Global Firepower.Com. Es el cuarto o quinto ejército más poderoso de Iberoamérica, y está en el puesto 44 a nivel mundial. Es un aliado estratégico importante de los EEUU, porque ha tenido siempre una relación histórica estrecha con el Imperio Estadounidense a través de la formación de muchos oficiales y suboficiales colombianos en la Escuela de las Américas, que pasó a denominarse Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (WHINSEC, por sus siglas en inglés), situado en Fort Benning, Georgia (EEUU). Buena parte de los militares colombianos están, por tanto, entrenados en contrainsurgencia según la Doctrina de Seguridad Nacional que siguió EEUU durante la Primera Guerra Fría. Previamente a la yankización del Ejército colombiano, este fue influido por las Fuerzas Armadas chilenas, las cuales habían sido formadas en la doctrina militar alemana.

    Así pues, ya tenemos una doble combinación político-ideológica y militar importante a resaltar sobre el papel que, hoy, Colombia puede ejercer de cara al resto de la Iberofonía. Por un lado, una socialdemocracia homologada y homologable a otras parecidas en Europa y América, y por otro un ejército que, en gran parte, y aunque es respetuoso de la legalidad vigente, ha sido formado mayormente desde centros fundamentales para el afianzamiento de la estrategia imperial depredadora del capitalismo anglogermánico de los EEUU de Norteamérica. Además, Colombia tiene una derecha liberal que, cada vez más, sigue las tendencias hegemónicas en Hispanoamérica de la llamada “nueva derecha” de Agustín Laje, esto es: liberalismo económico, individualismo político, antiprogresismo, antiwokismo, anglofilia, sionismo y democratismo. Es la línea que sigue el Centro Democrático, a la que hay que añadir la defensa de la figura del caudillaje, heredera de los años de gobierno de Álvaro Uribe. No obstante, esta “nueva derecha” liberal está, también como la izquierda, homologada a las derechas propias de las democracias liberales burguesas avanzadas de nuestro tiempo, en las que aquellas son sucursales del Partido Demócrata de EEUU, y éstas son sucursales del Partido Republicano de EEUU. Como diría Francisco Franco, “todo está atado y bien atado”.

    Colombia, además, es parte de la Comunidad Andina, de la Alianza del Pacífico, de UNASUR, de la CELAC, de la ALADI, de la CPPS (Comisión Permanente del Pacífico Sur, dedicado a la coordinación de políticas marítimas), de la OEA y de la ONU, además de pertenecer a la SEGIB y participar en las Cumbres Iberoamericanas. Se trata de instituciones muy diversas, algunas con líneas completamente divergentes, como es la UNASUR (en coma asistido) o la CELAC y la Alianza del Pacífico, que está dirigida hacia el mercado asiático pero que fue impulsada en tiempos de la presidencia de Barack Obama en los EEUU. Y otras que, desde hace tiempo, están inactivas como ALADI. El papel de Colombia en estas organizaciones, además, no es de liderazgo sino de una suerte de membresía ejemplarista respecto de las demás naciones que forman parte de ellas. Difícilmente puede convertirse Colombia en un actor unificador primero regional, luego iberófono, si su papel no implica una mayor capacidad geopolítica. No decimos que pueda desarrollar el papel de Brasil o México, pero sí el de un actor importante que unifique y lidere en cuestiones centrales para nuestra civilización.

    Cuando Román Hernández, mi apreciado camarada de Vanguardia Colombiana, me pidió un artículo en el que analizara, dicho de manera simple, si Colombia podría convertirse en la Prusia de la Iberofonía, me planteé el artículo de manera en que me pueda centrar en lo formal a nivel político, militar y geopolítico del país. No obstante, para cerrar este breve texto, toca ahora dar un breve repaso a lo material, que ha de partir, como siempre en el materialismo político, de la triple dialéctica de clases, de Estados y de Imperios. No pretendo, en absoluto, decirles a los camaradas de Vanguardia Colombiana lo que tienen que hacer. Quizás sí indicar qué lineas podrían seguirse en sentido genérico, ya que las específicas son cosa de Vanguardia Colombiana.

    A nivel de dialéctica de clases, hay que decir que el país establece las estadísticas oficiales en seis estratos: 1) Bajo-Bajo, personas con enormes carencias económicas, normalmente beneficiarias de subsidios; 2) Bajo, personas que necesitan apoyo económico de subsidios pero que tienen sus necesidades básicas cubiertas, encontrándose aquí muchos trabajadores informales; 3) Medio-Bajo, es el sector más amplio de la población colombiana, donde se suelen encontrar los trabajadores por cuenta ajena de empresa privada y los autónomos, más algunos trabajadores para el Estado; 4) Medio, encontrándose aquí trabajadores que viven sin sobrecostos y sin subsidios, y pagan tarifa plena; 5) Medio-Alto, profesionales que contribuyen a subsidiar a los estratos más bajos y tienen viviendas de mayor calidad que el resto; y 6) Alto, personas que pagan sobrecostos en servicios públicos y tienen altos estándares de vida. Este sistema de estratos, nacido en 1985, se implantó para redistribuir la riqueza social, pero los estratos no son, en sentido estricto, clases sociales. Pues se basan en ingresos y no, como siempre ha defendido el marxismo, en base a la propiedad privada de medios de producción de la riqueza social. Además, la carga tarifaria en Colombia depende del lugar de residencia, cosa poco común en otras naciones, y ello influye en la estigmatización de los pobres. Sí es importante tener en cuenta los siguientes datos:

    1. Colombia tiene una de las mayores concentraciones de tierras en manos privadas del mundo. El 1% de las fincas más grandes concentra el 81% de la tierra, mientras que el 0,1% de precios supera las 2000 hectáreas. Hablamos de latifundios muy ligados a la ganadería extensiva, que ocupa 34,4 millones de hectáreas del país, y al poder político, según datos de Mongabay.Com.
    2. Los predios, desde 2017, han aumentado en más de 500 hectáreas del 29% en 1960 hasta el 66% en 2017.
    3. Solo 8,6 millones de hectáreas del territorio colombiano se dedican a la agricultura, lo cual resulta ineficiente para la producción y el consumo nacional, y también para la exportación.
    4. Muchos latifundios provienen de presiones políticas o despojo. Los grandes terratenientes colombianos influyen en los poderes económicos y políticos locales y nacionales, y tienen una relación muy estrecha con la gran burguesía nacional en sectores como las vías férreas, la minería y los hidrocarburos. Se trata de sectores de clase que se necesitan mutuamente entre sí.
    5. El gobierno de Gustavo Petro ha formalizado tierras para campesinos e “indígenas”, buscando de esta manera reducir la brecha histórica de la propiedad de la tierra. Pero es a todas luces insuficiente.
    6. Colombia tiene una fuerte petrolera estatal, Ecopetrol, que tiene más de cien billones de dólares estadounidenses en ingresos anuales, muy bien posicionada en hidrocarburos y en minería. Le siguen Reficar (refinamiento de petróleo), Terpel (principal distribuidora comercial de combustible), EPM (dedicada a los servicios públicos y energía), Koba Colombia (cadena de descuento en ventas), Éxito (comercio minorista), Claro (telecomunicaciones), Avianca Holdings (transporte aéreo) y Nutresa (alimentación). Los países con mayores inversiones en Colombia son EEUU, España, Francia y Chile, sobre todo en sectores energéticos, minerales, financieros y comerciales. Drummond, Carbones del Cerrejón, BBVA, Nestlé, Falabella y Coca-Cola lideran las inversiones de grandes empresas capitalistas foráneas en Colombia, nación iberófona con más de 1500 transnacionales instaladas solo en Bogotá, siendo el motor del empleo y de la exportación al exterior.
    7. La clase obrera colombiana está compuesta, mayormente, de un 60% de trabajadores informales y precarios, especialmente mujeres y afrodescendientes, que carecen de garantías para obtener pensión y de seguridad social. Aunque se ha mejorado el salario mínimo y se han restituido derechos laborales como el recargo nocturno, la informalidad es alta y la sindicación es muy baja, pues no llega al 4% de los asalariados. Además, los líderes sindicales y sociales del país siguen siendo presa de la represión y la persecución política. La estructura laboral y de clase en Colombia está marcada por la pobreza (relacionada con la informalidad) y la lentitud histórica de la mejora de sus condiciones.

    Vanguardia Colombiana tiene el reto por delante de organizar a esa clase obrera y elevarla a la condición de clase nacional, para que se profundicen en las reformas iniciadas pero en un sentido revolucionario y soberano. Y tiene también el reto de reconfigurar la propiedad de la tierra, que influyé mucho en la pobreza del país y en el trabajo informal a gran escala. Las potencialidades para utilizar recursos del Estado son más que óptimas, pero desde un proyecto meramente socialdemócrata, o social-liberal como el Pacto Histórico, y sin reconfigurar las Fuerzas Armadas, será inviable.

    A nivel de dialéctica de Estados, estos son los elementos, a mi juicio, a considerar:

    1. Colombia tiene una posición estratégica privilegiada. Es la única nación política de América del Sur con costa en dos océanos, el Atlántico (a través del Caribe) y el Pacífico, y es puente entre América del Sur y América Central (y, por tanto, lo es con América del Norte). Es también puente geográfico entre la cuenca del mar Caribe y la Amazonía, y entre estas y los Andes. Tiene una enorme biodiversidad, ingentes recursos naturales y es centro de paso, a su pesar, del comercio mundial de las drogas, algo que ha tratado de mitigar sin éxito con su alianza histórica con los EEUU. Es una nación vital para el comercio marítimo mundial. La cuenca del Caribe es fundamental para los intereses comerciales colombianos. Y la costa del Pacífico también, y más desde el auge económico chino.
    2. Es área directa de influencia estadounidense. La Gran Burguesía imperialista depredadora yanki sabe que una Colombia controlada por ellos jamás será el nexo de unión de toda Iberoamérica. Sin el control de Colombia, la Doctrina Monroe se desplomaría.
    3. Fuerzas paramilitares, el narcotráfico y la dificultad para controlar todo el territorio por parte del Estado limitan la capacidad de Colombia de ejercer su soberanía política y su independencia económica. La relación con Venezuela siempre es foco de tensión, a pesar de la cercanía de Petro al bolivarianismo y a pesar del secuestro de Maduro por parte de EEUU.
    4. Petro busca un giro de Colombia hacia un papel importante en la multipolaridad. Los acontecimientos recientes en Venezuela, Cuba e Irán, propios de esta Segunda Guerra Fría entre EEUU/OTAN y China/BRICS/Organización para la Cooperación de Shanghai, también dificultan a Colombia dicha inserción, porque de alguna manera está cercada geopolíticamente hablando a nivel suramericano.
    5. Colombia trata de afianzarse como potencia regional caribeña, al tiempo que trata de asegurar el control sobre sus recursos naturales.

    En la situación en que ahora se encuentra, Colombia no puede liderar una reunificación de la Gran Colombia con Venezuela, Panamá y Ecuador. Su debilidad para convertirse en actor regional suramericano de mayor peso choca con su potencialidad. Vanguardia Colombiana tiene el enorme reto de liderar un proceso político revolucionario y socialista que asegure la soberanía política y la independencia económica del país al tiempo que la convierte en un vector de poder regional importante.

    A nivel de dialéctica de Imperios, diríamos que, hoy día, Colombia está lejos de ser la Prusia de la Iberofonía. Prusia, en su día, pudo unir a todos los Estados de lengua germánica porque era el más extenso, poderoso militar e industrialmente y el más poblado. Colombia está lejos de eso si la comparamos con Brasil y con México. Pero podría ser el Reino del Piamonte y Cerdeña, Estado que unificó Italia no siendo ni el más extenso, ni el más poblado, ni el más rico. Entonces lo era el Reino de Nápoles y las dos Sicilias, pero la unificación italiana se hizo a costa de empobrecer el sur en beneficio del norte. La única posibilidad que podría tener Colombia de liderar la unificación sería a través de la reconstrucción de la Gran Colombia. Y cuidado, porque este camino que parece bolivariano iría, en realidad, en sentido contrario, porque sería para desandar el camino iniciado en el siglo XIX de balcanización y hacia una reunificación. Poco más podemos decir al respecto, por ahora. Pero si Colombia quiere convertirse en el gozne de la reunificación de la Civilización Iberófona, debe ser consciente de su situación y caminar hacia el futuro desandando lo hecho en el pasado. Y no para volver al pasado, sino para construir materialmente el futuro reconstruyendo sólo formalmente el pasado. Aquí reside la gran contradicción colombiana a resolver. Y este es el gran reto, a mi juicio, que debe asumir Vanguardia Colombiana.

  • El indigenismo en Colombia

    El indigenismo en Colombia

    Introducción

    Desde la perspectiva del Materialismo Político (MatPol), la historia humana se desarrolla en symploké, atravesada por conflictos por el poder, el control de los recursos y la organización del trabajo. Según Marx, toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases; una dinámica que atraviesa todas las sociedades desde la Antigüedad hasta el presente. 1 Pero la historia debe ser analizada de manera contextualizada, ya que cada época y cada suceso no puede estudiarse anacrónicamente, pretendiendo traer aquella realidad a las condiciones del presente. 

    En las sociedades antiguas, las divisiones de clase se daban entre amos y esclavos. El poder político se aplicaba al control de los cuerpos y del trabajo. El esclavismo fue la forma primaria de explotación del trabajo humano. Luego, (en El Imperio Español en particular) el poder político se concentraba en la nobleza y el clero, quienes controlaban la tierra y los medios de subsistencia. El surgimiento de las ciudades y de la clase mercantil transformó la estructura del poder, preparando el camino para el capitalismo. Este cambio reconfiguró las formas de poder y dio paso al Estado moderno, encargado de organizar la dominación de clases bajo nuevas condiciones. 2 3

    En la modernidad capitalista, la lucha de clases se expresa en la dialéctica entre burguesía y los trabajadores. Las instituciones educativas, los medios de comunicación y la cultura, funcionan como herramientas o superestructura que reproducen la dominación de clases. 4

    En la actualidad, la lucha de clases se ha diversificado. La historia, como afirmaba Marx, sigue siendo la historia de la lucha de clases, pero en configuraciones cada vez más complejas y mediadas por las nuevas formas del poder. En este marco, una de estas herramientas que ha perpetuado la precarización y explotación de los pueblos, es el indigenismo. Para poder comprender cómo han logrado usar el indigenismo como estrategia de subordinación a la clase hegemónica burguesa capitalista en Colombia, es preciso contextualizar la América precolombina y la conquista de América por los españoles. A continuación, se hará una corta recapitulación, de manera amplia, teniendo en cuenta que estos sucesos no son continuos y tienen muchos matices y que, como ya se planteó, la historia debe ser analizada en su contexto.

    América prehispánica

    Antes de la llegada de los españoles a América, ya existían relaciones de poder institucionalizadas, no simples comunidades igualitarias, como hoy en día quieren implantar las élites como realidad histórica. Los jefes controlaban los medios de producción que eran principalmente la tierra, el agua y el excedente agrícola y, mediante ideologías religiosas, legitimaban su autoridad, en este sentido las diferencias de acceso al trabajo y al producto colectivo, reproducían una estructura de dominación y se daban conflictos, luchas y guerras por los territorios y los recursos. Por tanto, antes de la conquista, en la región que luego llevaría el nombre de la Nueva Granada, existían sociedades estratificadas, con élites gobernantes, sectores sacerdotales y productores comunes. Estas jerarquías evidenciaban una lucha por el poder y la apropiación del excedente, que luego sería transformada por la conquista española. 5

    La reconfiguración de América con la llegada de los españoles

    La llegada de España a América representó un cambio de la lucha de clases a escala mundial. No fue solo un proceso de conquista militar, sino la instauración de un nuevo orden de poder, en el que se erigió una nueva dominación económica, política e ideológica. 6 7

    Según el Archivo General de Indias, la conquista fue un largo proceso tanto de intercambio cultural (en el que la mayoría de españoles que viajaron a América, llegaron con el propósito de crear un arraigo, asentarse definitivamente, buscando una mejor calidad de vida, como también llevar la doctrina de la iglesia católica a los habitantes del nuevo mundo), pero también de explotación, basada en el trabajo, tanto voluntario como forzado, de indígenas, esclavos, negros, asiáticos, y los propios españoles. En este periodo hubo apropiación de grandes territorios por parte de españoles, llevada a cabo mediante diferentes medios, como por ejemplo y principalmente, acuerdos entre indígenas y españoles, matrimonios entre los caciques indígenas e hijas de los nobles y también, en otros casos, de manera forzada y violenta. La liberación o en ocasiones escape de los esclavos, permitió que se asentaran y formaran comunidades, que, con el tiempo, fueron logrando tratos con las autoridades virreinales para reconocerlos como autónomos y libres. Los indígenas siguieron conformando la mayoría de la población y en el transcurso del intercambio cultural, surgieron acuerdos y leyes que los acogían como ciudadanos y protegidos por la corona, siempre conservando su sistema de estratificación o división de clases, pero también se dieron abusos por parte de la población que no se adhería a las leyes dictadas por la corona, a quienes se les juzgaba y se le impartían los castigos que se tenían establecidos en estas leyes. 6 7

    Con el fin de hacer crecer El Imperio Español en las Américas, la corona permitió y alentó el matrimonio entre los diferentes grupos étnicos, se crearon otras leyes y se modificaron las existentes para dotar de mayores beneficios a la población indígena y mestiza.  A partir de allí la división de clases se siguió estratificando mucho más, según el origen étnico, si era descendiente legítimo de un matrimonio o ilegítimo fuera del matrimonio y si era miembro de alguna corporación productiva, de algún gremio o cofradía, etc. 8

    En este contexto, las clases dominantes (nobleza, clero y funcionarios) consolidaron su poder mediante la legalidad imperial y la imposición del cristianismo como ideología legitimadora o “teología política”. De aquí nace la dinámica de lucha de clases transnacional, donde el poder español se impuso como forma material de dominación universalista. Así, la conquista de América instituyó una estructura política de dependencia y explotación, utilizando los recursos de manera tan estratégica y comunal, que permitió un extraordinario desarrollo, el mayor que pudo darse en esta época alrededor del planeta, en el que se llegaron a construir ciudades con universidades, puentes, alcantarillados, acueductos, etc., y se dio un gran adelanto en cuestiones militares, científicas, institucionales y en tecnologías de navegación y transporte. 7

    Durante este gran desarrollo en las Américas Españolas, la doctrina cristiana jugó un papel protagónico, pues La Iglesia Católica utilizó la conquista como medio para evangelizar a los pueblos indígenas, promovía la idea de dignidad y justicia para todos, por lo que existía una base teórica para reconocer derechos a los indígenas (que luego se extendió también a los esclavos) como sujetos humanos racionales.

    Entre las diferentes leyes que instauraron las ordenanzas para regular el trato a los indígenas, estableciendo principios como la prohibición de la esclavitud absoluta y el reconocimiento de su humanidad, se destacan Las Leyes de Burgos de 1512. Aunque su aplicación fue irregular y no eliminó la explotación, desde su contexto histórico, sentaron las bases para la protección de sus derechos, regulando el trabajo, la evangelización y la organización en poblados. Algunos de sus puntos principales fueron:

    • Reconocimiento a los indígenas como vasallos libres de la Corona, con derechos como la propiedad y la libertad personal.
    • Tiempo de trabajo pesado de 5 meses, seguidos de 40 días de descanso.
    • Días de descanso obligatorio, como los domingos y otras fiestas religiosas.
    • Se prohibió obligar a trabajar a mujeres embarazadas o a niños menores de 14 años, aunque se les permitía realizar tareas acordes a su edad.
    • Salario justo por su trabajo.
    • Prohibieron los abusos y los malos tratos, como los golpes y los insultos.
    • Obligaron a edificar iglesias y proporcionaron sacerdotes en los poblados para la cristianización, y educaron en la escritura y lectura a los nativos.
    • Los indígenas fueron establecidos en pueblos cercanos a los españoles para facilitar su instrucción religiosa.
    • Se limitó el número de indígenas que un encomendero podía poseer (entre 40 y 150).
    • Se prohibió usar a los indígenas en negocios privados.
    • Reconocieron a los indígenas como seres humanos, una idea avanzada para la época.
    • Prohibieron la esclavitud absoluta, aunque la explotación laboral continuó de diversas formas.

    Estas leyes fueron promulgadas por el rey Fernando el Católico en respuesta a las denuncias y a la necesidad de establecer un marco legal para la conquista. 9

    La conquista española, estuvo basada en acuerdos, mestizaje y creación de leyes para evitar el caos, disminuir y controlar la violencia y evitar la acumulación privada, a diferencia del imperio anglosajón, que sometieron a los indígenas a la expropiación de tierras, la expansión territorial violenta y la imposición de sistemas económicos y sociales que exterminaron a las poblaciones originarias; la colonización por parte del imperio anglosajón no se interpreta como una mera expansión cultural o civilizatoria, como sí lo fue La Monarquía Católica que buscó mantener una unidad imperial; el imperio anglosajón implantó sistemas jurídicos y políticos basados en el individualismo y la soberanía abstracta, se convirtió en el brazo armado y económico del capitalismo mundial, desplazando progresivamente a los imperios ibéricos, no fue un “proyecto civilizatorio”, sino una estrategia de acumulación originaria, que permitió la concentración de capital en Inglaterra y, más tarde, en Estados Unidos. Su colonización se basó en fragmentar, dividir y subsumir poblaciones y territorios en función de la acumulación. Frente a la unidad imperial hispánica, el modelo anglosajón representa la disgregación política como condición de hegemonía económica. 7 10 11

    Analizando el trasfondo desde una perspectiva materialista, la implementación de las leyes impuestas por La Monarquía Católica, evitó el caos social y la desestabilización del sistema, en este sentido la mejora de las condiciones indígenas tenía una función instrumental: disminuir la violencia y el descontento social para garantizar la continuidad del dominio. El catolicismo legitimaba esta mejora como una obligación moral, fortaleciendo la autoridad religiosa y política, mientras que se mantenían las bases de la dominación. Así pues, este funcionó como mecanismo para minimizar conflictos y estabilizar la estructura de poder imperante, beneficiando a la clase dominante, pero manteniendo condiciones dignas para la clase dominada, integrando poblaciones diversas bajo un marco universalista, desarrollando una unidad política imperial y controlando las tensiones internas.

    La República

    En Las Américas Españolas se dio un proceso diferente respecto al desarrollo de los modos de producción, no existía el feudalismo, por tanto no se pasó de dicho modo de producción al capitalismo anglosajón, ya que no había señores autónomos, ni existía la burguesía independiente con poder político, la corona controlaba el comercio, limitando la acumulación del capital privado, la extracción de metales preciosos no generó un capitalismo interno en América, sino que alimentó el sistema monetario europeo y permitió a España sostener su hegemonía política y militar en el siglo XVI, esto creó una dinámica protocapitalista, lo que fue aprovechado por las potencias rivales, para beneficiarse del flujo de metales y el contrabando, situación que llevó a la monarquía a una incapacidad de sostener su sistema regulado frente a la presión de la expansión de la hegemonía anglosajona. Por esta razón, se dió paso del mercado primitivo entre comunidades indígenas a un capitalismo incipiente. 12

    En esta parte de la historia de la lucha de clases en Las Américas Españolas, se dieron una serie de sucesos liderados por diferentes personajes, influenciados por el liberalismo anglosajón, que quisieron superar la subordinación por parte de la corona y de esta manera surgieron las ideas de independencia, que fueron aprovechadas por ese liberalismo protestante, implantando el derecho de autodeterminación, que según el filósofo materialista Gustavo Bueno, son posiciones metafísicas que sugieren a un individuo libre, autónomo e independiente de la realidad en que se desarrolla y con la que interactúa, sustrayendo a los sujetos de sus condiciones materiales, sociales, políticas e históricas concretas; 13 de este modo, las independencias hispanoamericanas no deben interpretarse como una emancipación plena, sino como una reconfiguración de la dependencia bajo nuevas formas ideológicas y económicas, donde las élites criollas asumieron el poder político pero dentro de un marco ya condicionado por la hegemonía anglosajona y protestante. Desde el MatPol, lo que se observa es un tránsito de la soberanía imperial católica, que articulaba a los pueblos en una unidad política común, hacia una fragmentación nacional que debilitó la capacidad de los países hispanos para sostener un proyecto universalista propio. 12 13

    En la época republicana, la aristocracia (formada por los grandes latifundistas, en su mayoría criollos, políticos influyentes y herederos), que pretendía convertirse en la burguesía, utilizó las condiciones de estratificación social a su favor para desplazar de sus tierras tanto a los indios como también al resto de la población que no hacía parte de esta y obligarlos a pagar terraje o terrazgo, lo que impedía casi por completo el desarrollo de una vida digna, ya que sólo tenían tiempo para trabajar la tierra y lograr subsistir. Estos aristócratas impedían, mediante artimañas, la compra de estas tierras por parte de quienes no pertenecían a su misma clase; esta situación llevó a la precariedad, y la falta de educación, que perpetuaban estas condiciones, pues no tenían conocimientos para poder defenderse de las leyes que recientemente se habían creado con el surgimiento de las repúblicas y que favorecían principalmente a la clase dominante. 14

    Surgimiento y consolidación del indigenismo

    Con las ideas de autodeterminación ya implantadas, las élites desviaron la atención de las luchas conjuntas contra la subordinación y se fueron creando pequeños grupos identitarios, que dividieron y continúan dividiendo cada vez más a las comunidades, evitando así la consolidación de las clases oprimidas. A grandes rasgos, a la fecha se pueden contar muchas divisiones de la clase trabajadora en: grupos étnicos indígenas, afrodescendientes y comunidades afro, tribus urbanas o subculturas, grupos raciales diferenciados en función de la raza o color de piel, grupos religiosos o confesionales, identidades de género y orientaciones sexuales diversas, grupos por nacionalidad o región, grupos generacionales, comunidades lingüísticas, grupos sociales y de clase basados en condiciones socioeconómicas.

    En este hilo histórico surgieron figuras protagonistas de la consolidación del indigenismo, una de ellas fue Manuel Quintín Lame, Indio, nacido en 1883, en Nasa, Cauca, que sufrió el desplazamiento forzado y fue sometido al terrazgo, pero que luchó por obtener igualdad de condiciones; pese a sus dificultades y sus problemas personales, aprovechó su reclutamiento en el ejército para semi alfabetizarse y obtener conocimientos en derecho, situación que actuó tanto en beneficio de los pueblos indios como en contra, ya que fue perseguido junto con quienes se adhirieron a su lucha, resultando en diferentes y reiteradas formas de violencia. A pesar de haber adquirido pocos conocimientos en derecho, Quintín era idealista y no tenía bases filosóficas fuertes, ni una metodología sistemática, promovía una especie de racismo y superioridad de los conocimientos ancestrales y los pueblos pre colombinos, basaba sus ideas en relatos míticos, no tenía conocimientos claros de la realidad, no conocía a profundidad ninguna ciencia, historia, filosofía, ni política, se dejaba llevar solamente por sus experiencias para plantear estrategias, así que sus ideales no lograron alcanzar una verdadera revolución que cambiara radicalmente estas condiciones y por el contrario, fueron aprovechadas por las burguesías como una base para crear instrumentos de subordinación enmascarada en luchas identitarias y como estrategias para causar divisiones entre las clases oprimidas. Luego de su muerte pasó un tiempo hasta que algunos historiadores comenzaron a investigar su vida y sus pensamientos. 13 14 15

    Entre los primeros grupos que usaron sus ideas como bases para la creación de políticas públicas y reformas que mejoraran las condiciones de los indios, fueron los miembros del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), quienes lo colocaron como una figura icónica usando solamente una pequeña parte de sus pensamientos, convenientes para su movimiento.

    A partir de este momento comenzó el surgimiento y fortalecimiento del indigenismo en Colombia, el cual hace parte de las luchas segregadoras de los grupos étnicos indígenas, promovido principalmente por historiadores, antropólogos, artistas y literarios; 16 entre los más destacados se pueden mencionar a Gregorio Hernández de Alba (Bogotá, 1904 – 1973), etnólogo precursor de la antropología y la arqueología en Colombia, influenciado por la ideología dominante de quienes financiaban sus proyectos y por la modernidad liberal que había tomado poder, razón por la cual solo aportó recursos descriptivos, que privilegiaban el estudio de la lengua, la tradición, la cosmovisión y la organización social desde un punto de vista culturalista, sin abarcar análisis críticos de las condiciones estructurales de la vida indígena. Así, sus estudios son insuficientes para entender el lugar de los pueblos indígenas dentro de la lucha de clases y el conflicto político en Colombia. 17 18

    También tuvo principal participación en el fortalecimiento Antonio García Nossa (Bogotá 1912-1982) economista, historiador, sociólogo, escritor y político, que, junto con Gregorio Hernández de Alba, fundaron el Instituto Indigenista de Colombia (IIC) en 1942 en la ciudad de Bogotá. Por otra parte, Hernández de Alba, junto con el antropólogo francés Paul Rivet, (quien postuló la Teoría Oceánica que, mediante evidencias antropológicas, culturales y lingüísticas, prueba que América fue poblada por múltiples migraciones, no sólo por el estrecho de Bering, sino también por el pacífico 19 fundaron el Instituto Etnológico Nacional (IEN), el 2 de julio de 1941. 17 18

    Se destacan otros personajes influenciados por diferentes ideologías como la anglosajona, alemana, francesa, estadounidense y por el indigenismo mexicano, como por ejemplo Luis Duque Gómez, Marcos Fidel Barragán y Ernesto Guhl; estos académicos documentaron lenguas, costumbres y estructuras sociales, que, analizados desde el materialismo político, tienen una base culturalista y evitan confrontar todas las dimensiones que conforman las estructuras segregadoras de clases. 18

    Sobresalen también otros trabajos arqueológicos, lingüísticos, artísticos y etnográficos de personajes como Alicia Dussán de Reichel, Virginia Gutiérrez de Pineda, Edith Jiménez de Muñoz, Blanca Ochoa de Milcíades Chaves, Gerardo Reichel-Dolmatoff, Eliécer Silva Celis, Gerardo Cabrera Moreno, Hernán Iglesias, Juan Friede Alter, César Uribe Piedrahita, Diego Castrillón Arboleda, Guillermo Hernández Rodríguez, Gabriel Giraldo Jaramillo Josefina Albarracín, José Domingo Rodríguez José Ramón Montejo, Carlos Reyes Gutiérrez, Gomer J. Medina, Pedro Nel Gómez, Ignacio Jaramillo, Jorge Elías Triana, Alipio Jaramillo e Ignacio Torres Giraldo con su idea metafísica de autodeterminación. Todas estas figuras consolidaron el indigenismo, principalmente, mediante la recuperación y la difusión del multiculturalismo precolombino, la lucha por apropiación de los territorios que fueron despojados por los latifundistas y la creación de políticas identitarias promovidas por los gobiernos de turno. 17 20

    Hacia 1920 y afianzándose entre 1960 y 1980, se da un auge del surgimiento de movimientos marxistas de la época, que influyeron en el indigenismo, vinculando sus luchas a la opresión de clases y desafiando el multiculturalismo liberal, que reconoce identidades, sin transformar las estructuras de poder. En este surgimiento se destaca José Carlos Mariátegui La Chira (Moquegua, 14 de junio de 1894-Lima, 16 de abril de 1930) escritor, periodista, político y filósofo marxista, quien aportó una lectura revolucionaria del indigenismo y que, en Colombia, sirvió como base para movimientos que no solo exigían reconocimiento, sino transformación radical de las condiciones materiales de vida.

    Para Mariátegui el marxismo en América debía estar orientado a una insubordinación autóctona, no alineada con el marxismo ortodoxo, una revolución basada en las características comunales, en la cooperación y cosmovisión de los pueblos. 21 

    En esta época las guerrillas entran a jugar un papel preponderante en la construcción de un indigenismo basado en la lucha de clases, influyeron en estos movimientos al articular inicialmente sus luchas con demandas estructurales de tierra y justicia social, ofrecieron un marco de lucha estructural, donde los pueblos indígenas eran vistos como campesinos explotados que debían unirse a la lucha de clases. Las guerrillas como las FARC y el ELN se vincularon con comunidades indígenas en regiones rurales, compartiendo la lucha contra el latifundio y el abandono estatal. El movimiento en este período se entendía como parte de una lucha estructural por la tierra y la transformación social, sin embargo; la presencia guerrillera en territorios indígenas generó tensiones, por un lado, fortaleció la organización comunitaria; pero por otro, expuso a las comunidades a violencia estatal y paramilitar. La represión estatal y la cooptación institucional llevaron a que los movimientos indigenistas se distanciaran de las guerrillas y adoptaran un discurso más identitario, centrado en la defensa cultural y simbólica. Aunque se lograron avances en derechos culturales y territoriales, se debilitó la articulación con otros sectores de la clase trabajadora, con el tiempo y bajo la presión del Estado y el multiculturalismo liberal, muchas de esas luchas se desplazaron hacia el terreno identitario, debilitando la unidad de clase y fragmentando nuevamente la movilización popular. 22

    A partir de la Constitución de 1991, con la participación de intelectuales, reformistas y sectores progresistas, en la que el Movimiento M-19 jugó un papel protagónico, el Estado reconoció derechos culturales y territoriales a los pueblos indígenas. Este giro institucional transformó nuevamente las luchas indígenas en demandas identitarias, centradas en autonomía cultural y representación política, más que en la cohesión de la clase trabajadora y la reconfiguración del poder, dando pie a organismos estatales, investigaciones académicas y políticas públicas dirigidas a la inclusión, la mayoría financiadas por élites burguesas con ejemplos como: La Iniciativa para los Derechos y los Recursos (RRI), 23 creada y financiada por dirigentes de Forest Trends; 24 Comisión Nacional de Territorios Indígenas (CNTI) 25 en la que confluyen varias asociaciones y movimientos, que entre otras, obtienen financiación de Tenure Facility; 26 Organización Nacional Indígena de Colombia (AICO) 27 que recibe una parte de apoyo económico de DEG (Deutsche Investitions- und Entwicklungsgesellschaft mbH); 28 Organización nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonía (OPIAC) 29 que recibe donaciones de Rainforest Foundation; 30 Organización Nacional de Indígenas de Colombia (ONIC) 31 financiada por Human Rights Watch, 32 Ford Fundation 33 y Open Society Fundation. 34 Todas estas organizaciones están alineadas con la agenda 2030, que, como explica Santiago Armesilla en su miniserie documental sobre qué es la Agenda 2030, promueve objetivos que intensifican y perpetúan la pobreza y que han producido efectos contradictorios sobre la lucha de los trabajadores contra la opresión y se han usado como instrumento político, sirviendo a las élites para privatizar los recursos naturales, creando luchas minoritarias camufladas, para apaciguar a la clase trabajadora, sin que desaparezcan las prácticas de explotación y racismo estructural.

    Organizaciones alineadas a la agenda 2030, que dan apoyo a los grupos y movimientos indigenistas en Colombia.
    Organizaciones alineadas a la agenda 2030, que dan apoyo a los grupos y movimientos indigenistas en Colombia. Tomado del portal web de la Comisión Nacional de Territorios Indígenas (CNTI). Consultado el 03/02/2026.
    Apoyo económico dado a la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) por la Ford Foundation.
    Apoyo económico dado a la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) por la Ford Foundation. Tomado del reporte de subvenciones disponible en el portal web de la Ford Foundation. Consultado el 29/01/2026.
    Lista de organizaciones alineadas con la agenda 2030, que financiaron proyectos ejecutados por la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) en el 2018.
    Lista de organizaciones alineadas con la agenda 2030, que financiaron proyectos ejecutados por la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) en el 2018. Tomado del Informe Anual de Gestión 2018 de la ONIC. Consultado el 01/02/2026.

    Crítica desde el MatPol

    Los pueblos indígenas han sido parte constitutiva de la clase trabajadora colombiana, compartiendo la condición de trabajadores industriales o fabriles, campesinos proletarizados, jornaleros, peones, trabajadores rurales y urbanos, personas marginadas, desempleadas o en trabajos informales y precarios y migrantes laborales; la emergencia de identidades étnicas no debe producir fracturas de la clase trabajadora, sino que debe darse una organización conjunta para la resistencia.

    Analizando este panorama desde la crítica que hace Santiago Armesilla al principio de autodeterminación, se puede concluir que el indigenismo actual en Colombia, como también a nivel mundial, induce a la desintegración de la unidad de la nación, ya que debilita la cohesión de la clase trabajadora, reduciendo la capacidad de acción conjunta; las luchas individuales de los grupos indígenas, generan fragmentación del territorio y autonomía política, que dificultan la construcción de una base unificada y organizada para avanzar en la revolución de los trabajadores, debilitando la integración territorial y social necesaria para una lucha común de clases, dando oportunidad a las élites de usar estas divisiones para perpetuar la subordinación. 12

    En Colombia se han instaurado acciones que otorgan autoridad ambiental y normativa territorial a las comunidades indígenas, entre ellas el Decreto 1275 de 2024, que regula el funcionamiento ambiental de los territorios indígenas, reconociendo las competencias de sus autoridades en conservación, ordenamiento territorial y manejo de recursos naturales, y establece mecanismos de coordinación con el Estado dentro del Sistema Nacional Ambiental (SINA). 35

    Aunque el decreto reconoce competencias ambientales a las autoridades indígenas, lo hace dentro de un marco estatal que mantiene el control último sobre los recursos naturales.

    Desde el MatPol, esto se interpreta como una estrategia de gestión del conflicto territorial, donde el Estado Burgués concede autonomía parcial para evitar confrontaciones abiertas, sin alterar las estructuras de propiedad y acumulación. Al otorgar reconocimiento diferenciado a los pueblos indígenas, se refuerza la división entre luchas campesinas, obreras e indígenas, generando fragmentación que debilita la posibilidad de una unidad de clase contra el modelo extractivista y capitalista. Se presenta una cooptación identitaria, donde se reconoce la diferencia cultural para neutralizar la radicalidad política; así, la lucha por la tierra y los recursos se desplaza hacia el terreno simbólico de la “autonomía ambiental”, sin transformar las condiciones de explotación; de esta forma el reconocimiento ambiental indígena puede ser usado por las élites para legitimar proyectos extractivos mediante mecanismos como la consulta previa, una forma de incorporar la resistencia indígena al circuito de acumulación, transformando la autonomía en un recurso negociable.

    El presidente Gustavo Petro planteó una serie de reformas que promueven el indigenismo, en las que pretende la entrega y formalización de tierras a comunidades indígenas y afrodescendientes, promoción de lenguas, autonomías territoriales y participación diferenciada en el sistema político. Petro las enmarca como parte de una “reparación histórica” frente al despojo colonial y republicano, fomentando la división y la leyenda negra antiespañola y exaltando la “obra de los libertadores”, poniendo a Simón Bolívar como figura heroica, omitiendo la realidad histórica en la que sucedió la fragmentación del imperio, que en lugar de fortalecer a la región y obtener una emancipación real, la dejó dividida en repúblicas débiles y dependientes del mercado mundial y sometidas al imperio depredador.

    Aunque Petro con estas reformas comenzó a fomentar conciencia y organización popular, son sólo “paliativos ideológicos” que alivian desigualdades, tal como afirman Rosa Luxemburgo y Santiago Armesilla, 12 36 pero que no constituyen una revolución, sólo refuerzan identidades parciales, sin superar las divisiones para enfrentar al liberalismo capitalista y son absorbidas por el sistema como reconocimiento simbólico, sin alterar las estructuras de poder. En concordancia con Rosa Luxemburgo, el liberalismo capitalista, por muchas reformas que se aprueben, como las que se han implementado desde la instauración de la democracia fundamentalista liberal burguesa y como las planteadas por Petro, sigue siendo extractivista y acumulador, siempre llegará a crisis que pretenden superar por medio de la banca, que cada vez se harán más frecuentes, pues es un sistema que no permite ninguna planeación, no beneficia en nada a los trabajadores, tiende a acrecentar la pobreza y lleva cada vez más a la competencia entre estos por vender su fuerza de trabajo al mejor postor y si no logra venderla, no tiene posibilidad alguna de subsistir, como lo explicó Marx en su análisis sobre el trabajo asalariado y el capital; por lo tanto el indigenismo, así como cualquier otro grupo activista que se separe de la fuerza de lucha común de los trabajadores por lograr la insubordinación, solo servirá para aplacar a las masas y seguir llenando las arcas de las élites burguesas. 36 37

    Desde la óptica de Santiago Armesilla la lucha de los indígenas tendría que integrarse a la de los trabajadores, garantizando condiciones materiales óptimas para la subsistencia y el desarrollo de una vida digna al conjunto de la sociedad, sin fragmentación de identidades, impulsando cooperativas y proyectos productivos donde todos compartan beneficios, evitando que la lucha se reduzca a un discurso de “reparación simbólica” o “autodeterminación abstracta” y en su lugar, plantear la unidad política nacional como condición para enfrentar a la burguesía y al capital transnacional. La integración de todos los sujetos que habitan el territorio colombiano y en general a Hispanoamérica, tiene que dejar la fragmentación identitaria y construir un bloque histórico común. La lucha indígena se tiene que convertir en parte de la lucha de clases, no en un proyecto separado, de esta forma, la burguesía no podrá dividir al pueblo en “indígenas vs. mestizos vs. obreros urbanos”, sino que enfrentará un sujeto político unificado, la clase trabajadora.

    El indigenismo, en tanto ideología metafísica, constituye una superestructura fragmentaria que disocia a los pueblos de la “co-determinación” histórica en la que se han configurado las sociedades iberoamericanas. Bajo la apariencia de reivindicación cultural, se oculta una estrategia de neutralización que perpetúa la subsunción real de las comunidades indígenas al capital transnacional, al tiempo que erosiona la posibilidad de un proyecto político común. 12

    Solo mediante la unidad política nacional-popular, fundada en la praxis materialista, se podrá confrontar a la burguesía y desactivar las dinámicas de fragmentación que el sistema fomenta para perpetuar su hegemonía. 12

    Es imperante proclamar, entonces, que la tarea es transformar la pluralidad en fuerza común, la memoria en praxis revolucionaria, y la identidad en unidad política. Frente al capitalismo liberal, depredador, acumulador, extractivista, explotador y sus élites locales, la respuesta no es el indigenismo, sino la integración de todos los explotados en un mismo proyecto emancipador. 12

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