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  • La posición de los ateos frente a la expansión de los musulmanes

    La posición de los ateos frente a la expansión de los musulmanes

    Introducción

    Se suele decir que en cada siglo surge un fenómeno fuera de lo normal que distorsiona lo que en una sociedad era hasta entonces habitual. Estas distorsiones inciden en irregularidades en la forma de vivir de las naciones que empujan a sus habitantes a adaptarse a una nueva realidad social, económica y política, es decir, un amoldamiento. El elemento distorsionador en un número sustancial de naciones de este siglo, lo decimos sin pelos en la lengua, es el Islam. Lugares como España, Argentina, Francia, Portugal, Reino Unido, Brasil, Suecia o Alemania están recibiendo grandes cantidades de nueva población musulmana que busca permanecer y desarrollar sus vidas en el nuevo destino, echar raíces y dar a luz a generaciones que aumenten el número de musulmanes en la nueva tierra. Dada esta situación y por el fuerte carácter de la civilización islámica, hallaremos adaptaciones y numerosos conflictos. Ambos dos, adaptaciones y conflictos, dirigidos contra cristianos y, en menor medida, contra ateos. Han leído bien: tanto adaptaciones y conflictos, ambos dos, contra cristianos y ateos.

    Auguramos que el lector estará de acuerdo con nosotros en que tanto cristianos como ateos, especialmente estos últimos, se verán en la obligación de adoptar una postura ante este fenómeno en expansión y crecimiento demográfico, en lugar de permanecer pasivamente silenciosos mientras contemplan la problemática que nos ha tocado en nuestra época. Pero, ¿cuál es el problema exactamente con la población musulmana? Y lo que define el motivo de este escrito, ¿cuál es la posición que los ateos deberían de tomar ante él?

    En este artículo trataremos de ofrecer una respuesta materialista política que ayude a clarificar la postura que los ateos debemos de mantener ante una problemática que se expande en nuestro siglo XXI.

    I. El problema de la población musulmana y el problema de la Modernidad

    A pesar de haber mencionado anteriormente a varias naciones europeas y americanas que padecen esta inmigración de forma masiva, naturalmente el gran peso de ella se encuentra sobre el continente europeo.

    Europa está cambiando. Cualquiera puede percibirlo caminando por sus calles, en su sistema educativo, en su mundo laboral o en su espacio político. No es necesario siquiera haber conocido estas naciones con anterioridad, previo al fenómeno; cualquiera lo notará una vez puesto un pie en Barcelona, en Londres, en París, en Estocolmo o en Berlín. Reino Unido cuenta con un total de cuatro millones y medio de musulmanes dentro de sus fronteras según el último informe del
    Muslim Council of Britain , aunque hay informes que apuntan a que en realidad superan los diez millones. Francia con entre seis y siete millones, suponiendo de manera aproximada el 7% de su población total. Alemania posee en torno a un 6,5% de musulmanes donde la mayoría reside en Berlín. Suecia, por su parte, como nación de poco más de diez millones de habitantes, cuenta con más de un millón de musulmanes, es decir, en torno al 10-11% de la patria escandinava. España ha superado, según informes como los de FSSPX Actualidad, Religión en Libertad, Europa Press o El Confidencial los 2 millones y medio de musulmanes en el año 2025 entre nacionalizados y no nacionalizados, así como los que llegan cada año a ciudades donde existe una mayor probabilidad de encontrar trabajo como Madrid, Zaragoza, Barcelona, Bilbao o Valencia. Además, algunos medios de comunicación españoles apuntan a que antes de las próximas elecciones en España que se llevarán a cabo en 2027, España va a recibir en torno a 600.000 musulmanes más, dados los acuerdos que España ha firmado con Marruecos y Mauritania. Italia es otro caso que cuenta con unos dos millones setecientos mil musulmanes, significando que este grupo es ya el 7% de la población en la nación mediterránea. Y es que es debido al constante influjo de inmigración diaria en naciones europeas y en menor medida, por lejanía, en naciones americanas, que es matemáticamente imposible recoger el número exacto de musulmanes que las naciones poseen. Lo que sí podemos saber con exactitud es que ellos se encuentran en aumento demográfico mientras que nosotros estamos en clara disminución. Las familias musulmanas tienen como poco dos hijos, y estos cumplen con el mantenimiento numérico de sus progenitores, pues de dos, salen otros dos. Pero un buen número de ellas superan los dos hijos, teniendo normalmente tres y hasta cuatro, sin ser extraño ver incluso más, incidiendo ya en el crecimiento de esta población.

    En estos momentos la mayor parte de los Estados miembro de la Unión Europea se encuentran en un proceso de apertura fronteriza, y esto incide en la llegada masiva de inmigrantes que aprovechan la situación para llevar a cabo una mejoría de sus vidas. Naturalmente los musulmanes llegan en masa debido a la corta distancia que existe entre este continente y el norte de África. La situación de bienestar europeo, el trabajo regulado en cuarenta horas semanales e inspeccionado, la seguridad social, la amplia cantidad de derechos cívico políticos y los salarios que relativamente son suficientes para llevar a cabo una buena vida, son enormes atractivos para la población musulmana que no halla en ningún país islámico una situación de bienestar social semejante a la nuestra. El musulmán suele llegar a Europa solo, raramente cuenta con familia en los comienzos y goza de mútilples mecanismos que le impulsan a integrarse y a incorporarse en el mundo laboral allí donde abunda el trabajo. Hogares de acogida, albergues accesibles, asociaciones de rescate y mantenimiento humano, oficinas de empleo especiales, así como Empresas de Trabajo Temporal son algunas de las maneras habilitadas por las directrices europeas para asumir la gran cantidad de población que llega a nuestro suelo, destinando amplios recursos para la ayuda de estas gentes hasta que por sí mismas pueden desarrollarse. El musulmán, una vez ha superado los primeros pasos de incorporación que le llevan a funcionar sin ayuda de organismos, no tarda en querer buscar una pareja con la que tampoco tardará en tener su primer hijo. Un número sustancial de parejas musulmanas por norma general comienzan a tener hijos antes del tercer año de relación, lo cual acompañado de sus años de juventud, pues son jóvenes los que arriesgan y vienen, y de su mentalidad islámica, tradicional, desemboca en la misma forma de hacer las cosas que nosotros hemos tenido hasta hace dos décadas. Entonces el problema es doble: por una parte nosotros ni estamos teniendo tantos hijos ni estamos teniendo siquiera relaciones. Como ejemplo de España, en el año 2025 se estima que hay entre 12 y 14 millones de solteros que no encuentran pareja, y de las parejas que hay, se espera que no tengan hijos o tengan solo uno. Por su parte, la población musulmana, de nuevo, tiende a construir relaciones rápidamente y tienden a concebir entre 2 y 5 hijos antes del paso de una década. Se ha vuelto normal en las calles de los países europeos ver a jóvenes autóctonos sin hijos mientras que se ve a inmigrantes musulmanes jóvenes con al menos dos. El musulmán tiene las ideas claras. Sabe qué tiene que hacer en todo momento y carece de prejuicios para con las relaciones y la reproducción. Carece de ideas modernas que apuntan a que el mundo está sobrepoblado o a que la vida es un fenómeno que tiene que ser exprimido al máximo, siendo ello incompatible con concebir hijos que roban la libertad personal de los padres. El musulmán no sostiene que tener hijos signifique dejar de vivir para sí porque haya que darle de vivir a otra persona. El musulmán no se priva de ser padre o madre para tomar un par de vuelos al año y ver cuatro capitales. El musulmán no relaciona la alegría personal con el gozo de actividades estimulantes o “experiencias inolvidables”. El musulmán no pierde el tiempo esperando al amor idealizado de su vida o a superar a una pareja que le marcó para comenzar a reproducirse. El musulmán cumple con su vitalidad reproductiva y trabaja para tirar con ella para delante. El musulmán no tiene, como sí nosotros, un problema para concebir la obtención de la felicidad. Y el musulmán no tiene este tipo de problemas porque el musulmán no es un sujeto afectado por la faceta sociológica de la Modernidad. La mentalidad del musulmán es tradicional, está anclada en Allah, en la Sharía, en el Corán y en los dichos y hechos del profeta Mahoma y nada, absolutamente nada, le desviará de ese camino para cumplir con su misión vital ante la que se ha consagrado en cuerpo y alma. El musulmán es consciente de que debe expandirse, de que debe reproducirse cuanto antes y hacer crecer su familia, agrandar el Islam, cumplir con la misión de la Umma. Y en un escenario en el que dos visiones se encuentran para chocar de manera natural, la nuestra y la suya, la tradicional islámica y la moderna democrática y capitalista, en la que la nuestra apunta a la disminución demográfica, a preferir la felicidad temporal a la reproducción, al consumo en lugar de a fomentar valores provechosos y familiares, a desligarse de lo que una vez fuimos para ya no ser, y en la que se llama a respetar abiertamente otras formas de revelarse so pena de quedar encasillado en los parámetros de la intransigencia y el racismo, lamentamos diagnosticar que todas las señales indican a nuestra desaparición civilizatoria, nacional, política, legal, histórica, jurídica, alimenticia, cultural y, por qué no decirlo, étnica, de aquí a una serie corta de años. Si este curso sigue como hasta ahora sin poner un remedio, es posible que muy poco quede de nosotros y de nuestro lugar en el mundo para el año 2080. Jamás encontrarán ustedes a un musulmán con valores modernos totales o víctima de la sociología de la Modernidad, y si lo hallan, poco le queda de musulmán salvo el nombre. Lo principal para el musulmán siempre será la expansión de lo que es y de lo que sus creencias significan, y ante esta rotunda convicción tradicional los valores sociológicos de la Modernidad no tienen nada que hacer, pues son del todo incompetentes. Los valores sociológicos de la Modernidad sostienen que no merece la pena traer vida al mundo por lo inhóspito, pero la tradición islámica busca transformarlo. Los valores sociológicos de la Modernidad nos hacen despreciar el pasado y optar por un proceso de borrado para llenar el vacío de nuevo contenido, la tradición islámica contempla la existencia como un perpetuo presente en el que la palabra de Allah está llamada a triunfar. Los valores sociológicos de la Modernidad establecen el gozo y disfrute ante todo y con apenas esfuerzo, la tradición islámica impone el sacrificio y la misión cumplida. Y es ante este panorama que, como se ha mencionado al principio, los conflictos actúan en nuestra contra, pero las adaptaciones también. Incluso podría llegarse a sostener que las adaptaciones son peores que los conflictos, pues son silenciosas y cumplen su cometido sin alarmar a nadie mientras que los conflictos provocan reacciones. La adaptación de los musulmanes es perfecta y es lo más óptimo para ellos en una Modernidad sociológica que obliga a los sujetos de su sociedad a ser tolerantes con lo exótico e implacables con la crítica de lo propio. En un panorama así, ¿qué cabe esperar en defensa de lo autóctono? ¿Cómo ser competentes con lo foráneo una vez se extiende como la pólvora mientras desde nuestras instituciones se defiende tal extensión y su normalización?

    Esta observación apunta a que un grupo humano foráneo, extranjero, goza de una forma planificada de ejecutar su ser y su estar en el mundo mientras que el autóctono se halla en un proceso de vaciado de su contenido histórico y cultural, viéndose así forzosamente desplazado por el foráneo. Desarrollaré brevemente y a modo de crítica de las posiciones tradicionalistas, que esto que aquí escribimos nada tiene que ver con el enaltecimiento de la Tradición frente a la Modernidad, ya mencionada. Aquí no estamos haciendo un llamamiento de ninguna “vuelta a la Tradición”. Cuando aquí se habla de los valores de la Modernidad y cómo estos nos deshacen y perjudican nuestro ser y estar en el mundo, hacemos referencia a la Modernidad realmente existente, es decir, a la forma en la que la Modernidad se revela realmente en el entorno mundial hoy, ubicándonos en donde estamos. La Modernidad realmente existente (y no la que tienen los tradicionalistas en mente, desde tradicionalistas genéricos cristianos hasta neopaganos pasando por los perennialistas) no es más que el triunfo del modo de producción capitalista y todo lo que deriva de la relación del sujeto con el mercado, de la relación de las mercancías y la fuerza de trabajo con los consumidores vía fetichismo de la mercancía, enajenación y extrañamiento. En la Modernidad realmente existente todo es mercantilizable y todo se mercantiliza, no escapando absolutamente nada de las garras del mercado. La Modernidad realmente existente, insistimos, el triunfo del modo de producción capitalista, ha logrado mercantilizar hasta lo que nunca antes ha sido mercantilizado: las ideologías, las religiones, los pensamientos filosóficos y hasta la propia Tradición que, por cierto, la forma de concebir lo que la Tradición es, es un fenómeno moderno. Nadie en lo que los tradicionalistas llaman la Tradición (un pasado de valores altos y nobles antes de la decadencia moderna) llamaba a su época y a sus costumbres “tradicionales”. Las personas que vivieron en la Tradición no llamaban a su tiempo “la Tradición”. Ergo ni los propios tradicionalistas escapan a la influencia moderna, porque escapar de ella es totalmente imposible. Nadie puede hablar desde fuera del tiempo que le ha tocado vivir. Ni siquiera los románticos del siglo XIX pudieron con su extensa literatura, su filosofía antirrevolucionaria y su apego y fidelidad a los últimos reyes de Europa. Hoy el mundo ha llegado a ser un gran almacén de mercancías debido a la sobreproducción de bienes y servicios que se revelan como el móvil de la Modernidad, y la relación básica de esta sigue siendo la misma: burgueses y clase obrera. Las formas de relacionarse con el mundo y con el entorno próximo han pasado de ser religiosamente morales y éticas a ampliamente mercantiles. Lo que antes era ocupado por la llamada espiritualidad hoy lo es por el mercado, la relación del vendedor con el comprador y la relación de la burguesía con la clase obrera, productora de los bienes y servicios que enriquecen al burgués. El dinero ha sustituido a Dios y el mercado ha sustituido a las iglesias y a las Catedrales, y la forma antigua de vida lenta, reposada y más reflexionada ha sido sustituida por la vida voraz, acelerada y de consumo. La forma moderna tal y como se manifiesta realmente a través de las relaciones laborales y a través de las relaciones de consumo, sin las cuales la democracia, la idea de mercado pletórico y la óptica cosmopolita, no se entienden. Apuntamos a que, no es que haya un plan Kalergi o una conspiración masónica orquestando la situación actual del mundo democrático liberal capitalista (sin menospreciar el auténtico problema que la masonería supone de hecho, así como sus hilos e influencias moviéndose tras muchos gobiernos como el de Estados Unidos, Reino Unido, Francia o España. Sabido es que el PSOE es el partido de la masonería en España), sino que es el Mercado realmente existente y con mayúscula el que necesita a sujetos sin arraigo nacional, histórico ni cultural para lograr obtener al consumidor perfecto. Es el Mercado realmente existente y con mayúscula el que necesita sujetos alienados, y más específicamente necesita lo que en el Materialismo Político llamamos el sujeto hidropónico, esto es, sujetos cultivados y criados en una sociedad capitalista que no conoce sus conexiones con la tierra, con su entorno, con su familia o con su pasado, sino en un modelo de sociedad en la cual lo que prima es el consumo desenfrenado de bienes y servicios. El sujeto hidropónico necesita netamente sustituir a su nación, a sus conexiones con el pasado y hasta a Dios por el dinero y la mentalidad de consumidor. Estos sujetos viven desconectados de esos elementos de socialización primaria y desconectados del eco de comunidades precapitalistas que han acabado demolidas por el proceso constante de mercantilización de reproducción ampliada del capital. Dicho de otra forma, ha sido y es la mercantilización capitalista del todo absoluto lo que ha desembocado en la situación que hoy estamos padeciendo en el mundo liberal democrático capitalista. Somos la vanguardia mundial de las acciones sociológicas del Mercado realmente existente y de la mentalidad liberal que reduce a los sujetos de la sociedad política a meras mónadas de Leibniz, llegando al estadio más indivisible posible: el individualismo total en un mundo lleno de productos y servicios. Todo ello para lograr lo que el Mercado necesita: el consumidor perfecto.

    Un mundo pensado para estimular la producción y el mercado capitalista, pero no para estimular al sujeto ni llenar su interior de manera real y prolongada, sino momentánea, temporal. Y tiene que ser momentánea porque solo así el Mercado realmente existente se asegura que los sujetos vuelvan a acudir a él prontamente para seguir estimulándolo y haciéndolo crecer. El Mercado crece mientras el sujeto disminuye, se aliena, se olvida de sí mismo, de quién es, de dónde viene, y muere en vida, automatizado en el consumo de bienes y servicios. Es la máxima expresión del extrañamiento y enajenación de la que Karl Marx habla en el primero de los tres Manuscritos de Economía y Filosofía de 1844. Es el máximo exponente del fetichismo de la mercancía, llevado hasta sus últimas consecuencias.

    No es el Plan Kalergi, no es la masonería (aunque esta siempre haya sido aliada de los liberales y siempre haya encontrado, hasta hoy, un hueco agradable en las sociedades liberales capitalistas desde las que emitir su influencia) ni son los judíos (que también establecen cierta influencia mundial a través del sistema bancario y empresarial “occidental”. Esto no se niega). La situación actual no está producida por ninguno de estos grupos o teorías reduccionistas y simplistas, solamente. La producen las acciones del Mercado realmente existente y con mayúscula en todo su entramado de complejidades y el liberalismo como mentalidad que opera tras él y lo dirige. Este es el auténtico problema de los sujetos en la Modernidad realmente existente.

    No obstante volviendo al tema principal, la población musulmana va más allá de un mero análisis antropológico y social que la plasme como a cualquier otro tipo de inmigración en una tabla o lista de registro. Va más allá de un mero dato que contribuye a la simple información y que no trasciende más allá de ella ─en realidad todo dato trasciende en su determinada forma y en cualquier campo─. La población musulmana, más allá de lo mencionado, posee un problema fundamental y muy particular, y este es que nunca, jamás, han separado la esfera política de la esfera religiosa como sí se ha hecho en el mundo cristiano o en la lejana Asia de origen confuciana, sintoísta y taoísta. El Islam no tiene la capacidad ni la posibilidad de efectuar dicha distinción, pues ello supondría separar lo creado y unido por Allah y supondría contrariar su ley santa coránica, la Sharía. El musulmán guarda así una óptica unívoca del mundo y de la existencia de forma sumamente neta, del cosmos como orden elemental y de las acciones de los humanos en conjunción con Allah. Allah es anterior a la propia existencia. Él creó el espacio y el tiempo y es por ello que su existencia está fuera de nuestra dimensión, siendo el Islam eterno y totalizador en todo cuanto el ser humano diga, haga o piense. Allah es el todo, está en todo, es el artífice de todo y es la finalidad y razón de todo. El Islam es religiosamente holizador y los musulmanes son una totalidad atributiva, pero heterogénea. Cualquiera podría pensar que el Cristianismo Católico también lo es, no obstante en él ha existido desde antiguo la efectiva separación positiva o distanciamiento entre el poder del Papa y el poder real, más tarde igualmente aplicado con el poder político una vez surgidas las naciones políticas a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Esta separación tenía como objetivo evitar a toda costa el cesaropapismo, en el que la Iglesia quedara subordinada al Estado o el Estado a la Iglesia. Naciones antiguas como España o Portugal han entendido desde hace siglos esta diferenciación política-religión en la que siempre o casi siempre ha primado la política por encima de la dirección del Vaticano a pesar de que las clases dirigentes han sido católicas. El Saco de Roma de 1527 es un ejemplo claro de cómo el poder y la influencia de la política han sido situadas por encima de la dirección religiosa del papado, siendo esta también, en sentido etic, dirección política.

    En el mundo cristiano tenemos asumida la distancia de ambos poderes que en esencia son políticos y que terminó de cohesionarse con el triunfo de los valores franceses de 1789 en donde se aplicó por primera vez la visión laicista del Estado. Cabe mencionar de pasada que el laicismo no tiene como origen la Revolución Francesa o los valores de la Ilustración, muchos menos la masonería; sino que fue ideado en plena Edad Media por, entre otros, el filósofo domínico francés Juan de París, quien en su De Regia potestate et papali de 1302 señaló críticamente a la autoridad clerical sosteniendo que el pueblo es el auténtico origen del poder. Juan de París se posiciona a favor de una nueva modalidad de poder político, una vía media que limite las capacidades del papado y la concepción del poder de los reyes a la hora de efectuarlo “no de manera tan clerical, sino algo más secular”. En España, Francisco de Vitoria sostuvo que el poder emana del pueblo y que este siempre tiene derecho a la rebelión en caso de fallo político. El poder político no clerical ─no podemos llamarlo aún secular en su totalidad si nos situamos antes de la Revolución Francesa─, no llevaba a cabo un buen número de sus acciones En el Nombre del Papa, sino en representación del propio reino y en interés de su propia eutaxia, independientemente de que el cometido de dicho reino y del rey de turno fuese mantener el Cristianismo como valor único de su acervo político. El Cristianismo suponía el contenido de las leyes, de la moral, de la ética, de las normas sociales y hasta de las acciones económicas que sostenían el sentido del reino; no obstante esto no forzó su sometimiento a las leyes del Vaticano, quedando antepuestos los intereses del rey. Rey y Papa podían discernir y hasta podían enfrentarse, y la nobleza que sustentaba a la monarquía medieval solía optar por el favor regio debido a las conexiones directas que existían con el rey y la facilidad de este a la hora de concederles favores de cualquier naturaleza. Estas noblezas cristianas también, por razones de interés político puntual, se hallaban alejadas del mandato vaticano, pero jamás dejarían de ser católicas y de ser partidarias de la propagación del catolicismo. Es por esta serie de razones que en nuestra civilización, insistimos, tenemos asumida una cierta distancia entre el comportamiento religioso y el comportamiento secular, y esta distancia culminó con el surgimiento de las naciones políticas donde se ha materializado más que nunca antes.

    Y que nosotros tengamos normalizado este comportamiento puede, y de hecho actúa ahora mismo en nuestra contra. En Europa y en América damos por hecho que cualquier grupo humano entiende o puede entender la vida de la misma forma en la que lo hacemos nosotros, pero estos son prejuicios nuestros. El musulmán no ha pensado así nunca ni puede hacerlo, pues el Islam es una religión política que concibe la realidad como un perpetuo presente que no debe de volver a ser alterado como hasta antes de la manifestación de Mahoma como sello de los profetas. El Catolicismo y la Ortodoxia aceptan la sabiduría antigua precristiana y son partidarios de la contextualización histórica para entender las razones de la evolución del pensamiento humano gracias a San Justino, quien proclamó el reconocimiento de la filosofía griega por muy pagana que fuese como útil y buena. Conforme a la Biblia, se postula que si bien en ella se encuentra la Verdad, no se halla toda la Verdad, pues el resto de ella que no puede ser encontrada en la Biblia está en la realidad del pasado histórico o en el contexto concreto. Esto en el Islam no se intuye por ninguna parte. De ahí venimos, esto somos en el mundo de acervo cultural católico tanto en el sur de Europa como en la América de habla española y portuguesa, este es nuestro ser y estar en el mundo y estas son, a grandes rasgos, las diferencias sustanciales palpables que existen entre nosotros y los musulmanes; entre lo que todavía es y lo que está empezando a venir a nuestros suelos; entre nuestro ser y estar y su ser y estar; entre nuestra historia moderna en decadencia y su historia tradicional en auge.

    II. La posición de los ateos frente a la expansión de los musulmanes

    Comenzaré diciendo que los ateos, fuera de la negación o de la actuación pasiva de los mandatos de deidades, carecemos de unas coordenadas a las que adherirnos como un grupo unificado. Profundizando y examinando detenidamente la cuestión del ateísmo, los ateos nunca hemos gozado de unos principios que sobrepasen la negación (ateísmo en sentido fuerte o positivo)/falta (ateísmo en sentido débil o negativo) de fe. Esto significa e implica que los ateos no poseemos un corpus teórico desarrollado para la elaboración de posturas que vayan más allá de la negación de la fe como fenómeno puramente antropológico. Del ateísmo no emerge inminentemente un pensamiento político a aplicar ni un desarrollo sistemático filosófico, no obstante ello no significa que desde el ateísmo no se pueda filosofar de forma prolongada y extensa. Se puede y se hace. El ateísmo, señalo, ha sido y es más precisamente un atributo que sitúa a las sociedades, a las filosofías y a los pensadores con respecto a la fe, con respecto a las instituciones religiosas, con respecto al poder religioso y con respecto al concepto de lo divino. Así el orden de la explicación, del ateísmo se desprende necesariamente una crítica hacia las leyes religioso-políticas como las que podemos encontrar en todo el corpus del Islam, así como en otras religiones abrahámicas o lejanas.

    El ateísmo a lo largo de su historia ha sostenido principios similares en cuanto a conocimiento de la existencia sin la necesidad de creación o intervención divina, hallando desde la suspensión del juicio de Sexto Empírico (donde sostiene que anulando el juicio divino y la obediencia a sus normas, la conciencia puede hallar la ataraxia sin obstáculos impuestos por ningún Dios) hasta la abierta afirmación que indica que mientras el ser humano sea religioso (enfrentando religión con razón, gran error), la ciencia no dominará la mente de las personas (como si fuese posible que el conocimiento de la misma esté presente en todas las mentes al estilo de una noocracia, en donde todos son sabios en todo para establecer gobierno). Y teniendo estas posturas en cuenta, no es menos cierto que desde una posición atea, se han ejecutado políticas en nombre del ateísmo y se han desarrollado posturas políticas concretas por lo mismo. El ateísmo de Estado o las matanzas a cristianos en la Guerra Civil española son dos ejemplos de cómo el ateísmo ha sido empleado, y en tanto que ha sido empleado, decimos que es un atributo de las acciones y del pensar. Las posturas ateas tienen un largo recorrido histórico y no es cierta la afirmación de que es un/el producto de la Modernidad, si bien es cierto que hoy abundan más que nunca antes. Ateos hubo en la Grecia del siglo V a.C., en el Medievo europeo, en la América Española, en el Renacimiento italiano, en el siglo XIX inglés, en la China de la Dinastía Qing o entre las filas de los soldados de la II Guerra Mundial; por tanto la presencia de ateísmo ha sido recurrente en más o menos número, siempre relativo a la concepción sociológica del momento y a la articulación de las leyes de un sistema político imperante.

    No obstante vamos a afirmar algo que es central en este escrito. Y es que los ateos, debido a que carecemos de coordenadas políticas que nos unifiquen más allá de la negación o la falta de fe, así como limitarnos a negar las ópticas divinas y a criticar las normas político-religiosas, somos susceptibles de quedar encerrados en las coordenadas del democratismo. Los ateos estamos presentes en casi cualquier área ideológica: en el marxismo, en el anarquismo, en el liberalismo, en la socialdemocracia, en el fascismo, en el nacional socialismo, en el anarcocapitalismo o en el minarquismo, así como en ópticas históricas de pensamiento semifilosóficas como el ateísmo católico, el ateísmo judío o la teología atea.

    El ateo, al carecer de una visión de leyes desarrollada conforme a un porvenir divino, al carecer de un texto sagrado al que adherirse, y al carecer de una compleja red de conductas morales y éticas que seguir más o menos ortodoxamente, se ve obligado a adherirse al plano secular y político de turno para poder operar abiertamente. No obstante el plano secular es, en cuanto a rango de acción, mucho más amplio e incluso caótico que el plano religioso, pues mientras que en este último las leyes son fijas (en el caso del Islam) o semifijas, con rango de maniobra adaptativa según el contexto (en el caso del Catolicismo o la Ortodoxia), el primero es abierto, infecto, conectado y desconectado entre elementos del acervo secular, así como plural (en el sentido de influencia y de elaboración de pensamiento, no en el sentido abierto y relativo progresista-izquierdista del término). En otras palabras, el ateísmo, al carecer de coordenadas divinas, necesita ser articulado políticamente en la esfera secular, pues las valoraciones del ateo se inclinan por las acciones de Estado y no por acciones religiosas y bienaventuradas. La dirección del ateo es prosaica mientras que la dirección del religioso es paradisíaca. ¿Se desprende de esto algún posible problema? Lo afirmamos, pues el ateo no tiene un rumbo fijo, marcado, como sí tienen las ópticas religiosas que aúnan a sus seguidores en forma de comunidad o grupo de acción para operar colectivamente. Y esto es una debilidad. Es más, es el talón de Aquiles de la postura secular de los ateos frente a la divina de los religiosos. Los ateos estamos a merced de los vientos políticos, geopolíticos y de las mareas de las sociedades políticas, sean estas más o menos democráticas. El ateo es huérfano de tutoría divina y de las altas leyes de conducta ante las que enfocarse para operar en el mundo. El ateo no se ve a sí mismo como la oveja de un señor que le guía a la bienaventuranza y en el que tiene que confiar ciegamente y/o acríticamente. El ateo no recibe rígidas directrices morales y éticas, lo que hace que sus valores, como la sociedad política, cambien regularmente y con el tiempo. El ateo se vuelca tanto en el plano secular y se desentiende tanto del plano religioso que lo ignora por completo y pasa a no comprender la esencia de los grupos religiosos a la hora de quedar introducidos en sus sociedades seculares. Si se opta por la ignorancia e incomprensión de un grupo humano concreto regido por unas leyes espirituales concretas que les sitúa en la existencia, en el hacer y en el ser y estar, convendremos en que el significado de esto, que el ateo ignora, es permitir que extraños se acerquen y se igualen en acciones con la sociedad secular del ateo. Dicho de otra forma: si no se comprenden las coordenadas divinas de un grupo humano concreto, que gracias a la secularización de nuestra sociedad se le permite la igualación política con los que carecemos de coordenadas divinas, estos religiosos gozan de una puerta abierta, de la probabilidad a su alcance, si se organizan correctamente, de desmantelar nuestra secularización para retornar a coordenadas divinas o, al menos, lograr que estas ejerzan presencia e influencia, pues es deliberadamente ignorado hasta dónde están dispuestos a llegar como grupo religioso. Este es otro fallo de la Modernidad que nadie preveía.

    El ateo y su sociedad no están llamados necesariamente a triunfar ni lo secular superará obligatoriamente a lo religioso: este es otro prejuicio moderno que opera en nuestra contra, además de llenarnos de prepotencia y de una autoridad que estamos demostrando no tener. Ahora diremos: la sociedad secular que fomenta el ateo en nuestra parte del mundo no crea planes a medio ni a largo plazo, pues la democracia se lo impide, siendo la esencia de esta el cambio de rumbo constante permitido cada pocos años debido a elecciones. El grupo religioso, en este caso el Islam, goza, de nuevo, de una serie de acciones planificadas que le permiten la recurrencia de su modo de vida, siendo este el centro del todo práctico en torno al que giran el resto de aspectos políticos, llamados a fomentarlo y a prolongarlo. Nos encontramos con otra debilidad de la postura de los ateos frente a un grupo religioso que se expande y crece en su propia sociedad: la plena seguridad de su recurrencia vía valores tradicionales contra los altibajos de las sociedades seculares liberales capitalistas, es decir, contra las debilidades de la Modernidad.

    No obstante he señalado anteriormente que los ateos tenemos más margen de maniobra que los que se hallan en coordenadas religiosas, y es que si bien los efectos del democratismo causan estragos en las sociedades seculares liberales capitalistas en las que predominamos los ateos, cabe una posibilidad poco explorada hasta hoy para dirigir la cuestión y encauzarla a buen puerto. Y esta referencia se hallará en la conclusión del artículo.

    Afirmamos lo siguiente: los ateos no nos desprendemos en esencia de las acciones del pasado, de la Antigüedad con mayúscula, es decir, que en nuestra parte del mundo, por muy ateos que seamos, ello no es menester para desligarnos, en nuestro caso, de Grecia, Roma ni de las acciones del Catolicismo efectuadas en la Historia. Esta visión que muchos sostienen de los ateos procede de la visión que la Ilustración francesa pretendió aplicar en la totalidad de la especie humana. Pero desde una perspectiva materialista política no estamos donde la Ilustración francesa, pese a todos sus esfuerzos intelectuales, nos quiso ubicar desde el siglo XVIII. Algunos ilustrados pretendieron romper con el pasado antiguo ya mencionado, afirmando que la verdadera Historia comienza a partir del siglo XVI, con el Renacimiento y el “pensamiento libre”, desanclado de la filosofía griega, el derecho romano y las acciones de la Iglesia Católica; pretendiendo fundar una nueva historia de la Humanidad en la que, repetimos, Grecia, Roma y el Catolicismo quedan por completo excluidos de ella. Mencionaré un par de ejemplos breves de esto. Voltaire (1694-1778) en su Observaciones sobre la historia, p.44 (1742) escribe:

    Me parece que si quisiéramos aprovechar al máximo el presente, no pasaríamos la vida fascinados por fábulas antiguas. Yo aconsejaría a un joven que tuviera un ligero conocimiento de esos tiempos antiguos; pero me gustaría que un estudio serio de la historia comenzara en el momento en que se vuelve verdaderamente interesante para nosotros: me parece que esto se produce hacia finales del siglo XV. (…) Europa cambia de rostro.

    Por su parte, Nicolás de Bonneville (1760-1828), ignorando deliberadamente las diferencias entre Voltaire y Rousseau, pero siguiendo más al primero que al segundo, escribe en el comienzo de su Historia de la Europa Moderna (1783):

    La historia de los griegos y de los romanos no entra en el plan de esta obra: estas columnas de la tiranía están rotas; dejémoslas perderse en el abismo de los siglos. La historia de nuestra Europa moderna nos proporcionará todo lo necesario para conocer a los hombres y a los imperios.

    A pesar de estas revelaciones ilustradas y masónicas que tanto han querido marcar su sello en la cuestión de los ateos, la realidad histórica atea no está condicionada ni por la Ilustración ni por la masonería (puesto que lo que hace que el ateísmo sea lo que es, es decir, su esencia, no tiene como origen ni la Ilustración ni la masonería, sino que es históricamente muy anterior). Esto es una incomprensión histórica de los grupos de tercera posición, desde nacionalsocialistas hasta fascistas (no dejando de apuntar a que muchos de estos últimos son ateos. De hecho el fascismo suele ser laico.), pasando por nacional católicos, que emplean hasta el día de hoy para establecer la dicotomía Tradición-Modernidad, desde la que señalan que la segunda es la causante del vaciado histórico-cultural de las civilizaciones, permitiendo sustituciones y borrados de todo tipo, y metiendo en este saco al ateísmo. Los ateos, desde esta vara de medición “tradicionalista” y de tercera posición, (apuntamos a que no son lo mismo: entre tradicionalistas y tercera posición siempre han habido conexiones y desconexiones, siendo la valoración de los ateos un punto de encuentro entre ellos) somos concebidos como la cúspide de la degeneración moderna. Los ateos, según ellos, somos el artefacto, el resultado del desarrollo de los planes de la Modernidad. Somos el objeto perfectamente creado para el vaciado de “la civilización occidental” por masones y judíos que, como buenos ganadores de la II Guerra Mundial, buscan eliminar a Europa y “su identidad”. El ateísmo así quedaría reducido a un plan claro: mediante nuestro empleo en la sociedad moderna se conseguirá borrar el pasado del que venimos y que hemos heredado, apuntando al deshecho de nuestras leyes, de la familia, de nuestra religión y de nuestras costumbres históricas. No seríamos más que una herramienta temporal para la verdadera aplicación de los planes de quien mueve los hilos desde atrás. A partir de aquí, teorías varias podemos hallar. Que si los ateos buscamos deshumanizar a las sociedades (partiendo de que la religión se amolda mejor a nuestra naturaleza que la carencia de deidades, como afirma Juan Manuel de Prada). Que si los ateos somos la puerta de entrada al mundo transhumanista en el que acabaremos acoplando implantes robóticos a nuestros cuerpos. Que si los ateos tenemos como objetivo la desmoralización de la sociedad y la aplicación de un libertinaje que acabe con el núcleo familiar. Que si los ateos buscamos fulminar las naciones y establecer el cosmopolitismo pleno en un mundo sin fronteras. Que si los ateos al no creer en la ley natural venimos a aplicar la nuestra ad hoc para múltiples cometidos. En definitiva, la reducción indicaría que ateísmo = olvido vacuo y destrucción total del pasado y/o de lo propio.

    No obstante, recordamos, que el ateísmo carece de planes y programas, adheridos a su condición irreligiosa y arreligiosa, de manera sistémica, aunque reconociendo que sí expande el esclarecimiento de las raíces sociales y gnoseológicas, las causas del surgimiento y la existencia de la religión, la crítica de las doctrinas religiosas desde el punto de vista de la concepción científica del mundo, el establecimiento del papel social de la religión en la sociedad y la determinación de las vías de superación de los prejuicios religiosos (esto es material para una posición crítica, no planes y programas). De haber dichos planes y programas (en realidad, de creer que los hay, pues no los hay), estos han sido añadidos convenientemente por grupos antiateos que responden desde las coordenadas de las leyes divinas o de la “tradición” a la condición prosaica del ateo. Indudablemente estos grupos se ven necesitados de la creencia en una planificación maligna por parte del ateo como artefacto de la Modernidad, por ende recurrirán a desarrollar objetivos que pueden o no ser parte del pensamiento del ateo en cuestión. Y decimos que pueden o no, porque de la misma manera que los ateos carecemos de coordenadas divinas, como ya se ha mencionado, también suponemos ser un grupo del todo heterogéneo, dependientes de una filosofía que nos ubique en un lugar o en otro de la historia (no por el hecho de ser ateos). Naturalmente hallaremos de forma común a ateos enfrentados a otros ateos, más o menos al uso que hallamos a cristianos católicos enfrentados a cristianos protestantes. Y la razón de por qué hay ateos enfrentados a otros es debido a que cada uno se adhiere o no a una filosofía concreta que le sitúe en apoyo de unos planes o de otros en la sociedad secular, pues el mero hecho de ser ateos no es un campo que, insistimos, nos aúne bajo unas reglas estrictas como si de un credo se tratase. Al no haber Dios y una trascendencia hacia la que marchar, solo hay humanos en sociedades seculares prosaicas, y estos se gestionan por modelos políticos e ideas filosóficas relativas al mundo, sin dirección hacia la elevación, sin nada que ha de venir tras la muerte. Es en este ámbito del estadio secular moderno donde encontraremos los enfrentamientos entre ateos. La pregunta entonces no sería “¿cuál es el sistema de los ateos?”, pues no lo hay. La pregunta sería “¿a qué filosofía o ideas se adhiere tal o cual ateo?” para poder ver la separación o proximidad entre ellos.

    Pero he mencionado arriba que el ateísmo no pretende llevar a cabo un proceso de borrado de la herencia política e histórica. No tiene ese cometido. Que “lo tenga” es algo que algunos pretenden situar en el ateísmo para declararle la guerra o es algo que algunos ateos, como por ejemplo algunos masones, han querido agenciarse; pero insistimos, no en el nombre del ateísmo, sino en el nombre de la filosofía o de las ideas a las que ha deseado adherirse dicho sujeto, que es ateo. El ateísmo, al margen de su posición (generalmente científica) en cuanto al establecimiento de una crítica sistemática del prejuicio religioso como estadio de fe, no está obligado ni busca despreciar a las personas religiosas, aunque muchos cometan el histórico error de hacerlo.

    Afirmo lo siguiente: el ateo está en la obligación de entender de fe, pues para negar algo hay que presentar un, como mínimo, respetable conocimiento de lo negado. Los ateos tenemos que saber sostener frente a cualquier argumentación y posición filosófica la razón de nuestra negación de la fe. Y en este entender no cabe el desprecio insustancial, poco serio, de la fe como fenómeno antropológico. El ateo está llamado a entenderse con la religión y sus filosofías, pues el ateo, por negarla, necesita pensar en ella, reflexionar, evaluarla, explorarla y respetar un fenómeno que ha marcado a la historia del humano sin caer en absurdas reducciones infantiles ni en odios infundados producto del desconocimiento o de los impulsos populares irracionales. El ateo respetable, para conocer y saber sostener la negación de la fe, así como para llevar a cabo el desarrollo de un buen orden de sociedad política, afirmo, necesita estar respaldado por una filosofía materialista que tenga al cosmos como campo y objeto de estudio, en el que la religión suponga un elemento más que ejemplifique el comportamiento de la conciencia y su evolución mientras esta exista (perfectamente podríamos extinguirnos o descubrir nuevas conciencias fuera de nuestra área de exploración en el espacio conocido). No bastaría solamente con confirmar que nuestro ateísmo está basado en “la ciencia”, así al aire y nada más, pues ciencia se dice de muchas maneras, desde múltiples categorías no siempre coincidentes entre sí y a través de varias ópticas filosóficas encargadas de conducir a la ciencia a buen puerto mediante un proceso de cierre categorial lo más acertado posible. Decir que el ateísmo se basa en “la ciencia” es un flatus vocis falto de precisión filosófica. El ateo estará así directamente enrolado con la filosofía, y con una filosofía que lo sitúe en el uso correcto del examen del cosmos y que le lleve a la acción a través de los hechos políticos, que son humanos. El ateo tiene la misión de adherirse a una filosofía de alta potencia, esto es, a una filosofía que tenga la capacidad de reducir el resto de puntos de vista al absurdo y triturarlos para anularlos y superarlos. El ateo, para estar en lo cierto a la hora de afirmar que está enrolado con la ciencia, debe ubicarse en esta concreta posición filosófica que le haga avanzar hacia delante dejando las ruinas antropológicas tras de sí, superando estadios de pensamiento y definiciones erradas que llevan dirigiendo al mundo durante décadas. Solo una óptica acertadamente materialista política actualizada y competente que haya superado las reminiscencias de pasados filosóficos imprecisos y erróneos (idealistas y también algunas nominalmente materialistas), así como poseedora de un compendio de herramientas aplicables válidas para construir el futuro y poder analizarlo con precisión, es la posición acertada que el ateo ha de tener para validar su posición, sostener su argumentación, y también enfrentarse a otros ateos que no comprenden el mismo signo.

    Este es el único método realmente válido para los ateos en la auténtica construcción de su lugar antropológico y que nada tiene que ver con masones, ilustrados, judíos ni modernismos, según avispadas acusaciones. Tampoco con odiar o despreciar al ámbito religioso ni a la persona que lo profese.

    No obstante el ateo, como ya he mencionado, no se halla fuera de la herencia del pasado ni de su influencia. Tampoco de su uso (seguimos comportándonos y teniendo normalizadas visiones que son propias del mundo grecorromano y católico, del sur de Europa, mediterráneo), pues las acciones del pasado sitúan los lugares, hechos y momentos políticos del presente que no se entenderían sin él. Nada hay en el presente que no derive de las acciones del pasado. Nada hay en el presente que se escape de nuestra Antigüedad. Nada hay en el presente que nos haga pensar que somos los primeros hombres sobre la Tierra en decir y hacer. Nada hay en el presente que nos desligue de nuestro ser y estar en el mundo, siendo esto lo que las generaciones pasadas nos han legado.

    Oteamos entonces y tras esta explicación la existencia de dos clases genéricas de comportamiento ateo frente al presente y frente a la expansión de los musulmanes como fenómeno actual. El pasado histórico y la postura filosófica serán los elementos que separarán definitivamente a los ateos más allá de sus posturas en cuanto a la negación o falta de la fe:

    • Ateos sin vínculo con el pasado histórico (de comportamiento idealista estricto, análisis que parte desde el sujeto). El ateo idealista predica con un desanclaje para con los hechos del pasado que le sitúan históricamente desde siglos anteriores. Sostiene que el pasado carece de importancia y que, al uso de la Ilustración, no lo necesitamos para construir el presente ni mucho menos el futuro. El ateo idealista sostendrá que con lo desarrollado en la actualidad es suficiente para alcanzar el mayor grado de avance en la Historia con mayúscula. Se habla de Ciencia en sentido abstracto no definido y se la pretende enfrentar a las religiones que, a su vez, quedan todas igualadas en valores y hechos, así como reducidas a guardar estrecha relación con la ignorancia. El ateo idealista halla cierto desprecio por el pasado histórico propio debido a que diagnostica que el entusiasmo por él retrasa a la Humanidad en su avance hacia planes y programas que buscan transformar la sociedad en esencia histórica. La relación pasado-presente-futuro no está contemplada por el ateo idealista, pues este considera que el presente se ha convertido en el némesis del pasado, librando una pugna en la que el futuro y “los avances” históricos están en juego y con los que hay que enrolarse a toda costa. Cualquier postulado que quede anunciado para el futuro, sea coherente o no, será aprobado por el ateo idealista en tanto que sirva para alejarnos de las coordenadas del pasado y llegar cuanto antes a las futuras.
    • Ateos vinculados con el pasado histórico (de comportamiento materialista político, análisis que parte desde la vida política). Este signo contempla la importancia del pasado en el presente y lo sigue manteniendo para la construcción del futuro en tanto que la vida política depende de las coordenadas emitidas por el pasado. El ateo materialista político es consecuente con la civilización a la que pertenece debido a que es por ella que se explica su ser y estar, y si bien niega la existencia de Dios y de todo plano metafísico religioso, admite la racionalidad que puede hallarse en todo su entramado de pensamiento, así como ciencias (se sostiene aquí que ciencia y fe no son términos contrapuestos). El ateo materialista actuará de filtro de idealismos y metafísicas para terminar obteniendo las trazas materiales y políticas de las etapas religiosas y los racionalismos inherentes de pensamientos antiguos, desde la Antigua Grecia hasta hoy. Los ateos materialistas políticos no desdeñan el pasado, lo alzan para aprender de sus enseñanzas, ejemplos y lecciones para confrontar en el presente y construir el futuro. La relación pasado-presente-futuro es total en este comportamiento ateo. Aquí no se pretende romper el transcurso de la historia, sino recoger lo material y racional para predicar con ello y reconocerlo como parte del acervo cultural e histórico al que el ateo materialista político se debe, pues lo hereda de generaciones políticas pasadas. En el pasado existe una gran riqueza de lecciones filosóficas y políticas que son recuperadas y predicadas. El ateo materialista político es, en definitiva, un ateo que si bien forma parte de una filosofía pensada para construir el futuro con herramientas racionales de todas las épocas, no pierde de vista el alto valor del pasado ni de su civilización-historia para corresponder con ella; pues negarla en pos del “progreso” abstracto le otorgaría de un marco de acción política indefinida e indeterminada, de una indirección que le situaría en un comportamiento ateo desvinculado con el pasado, volviendo a este ateo en un ateo de la primera clase.

    Hemos dicho más arriba que los ateos, al carecer de leyes divinas que dirijan nuestras acciones, necesitamos valernos del plano político y filosófico, secular, para dirigir nuestras sociedades. Hacerlo de manera desvinculada con el pasado y con la civilización de la que procedemos, forja un vacío que termina por ser rellenado, bien por elementos no propios, bien por elementos arbitrarios carentes de una base histórica y de una tradición de propiedades políticas que, de hecho, sitúan al ateo. Incidimos en que tras esta explicación, cabe concebir que los ateos, por el mero hecho de ser ateos, no somos ni enemigos de las civilizaciones ni enemigos del pasado, ello dependerá de la postura que el ateo adopte, pues la negación de Dios no es la razón que haga a un ateo deshacer el lugar del que procede ni destruye su ser y estar en el mundo político. Afirmar que si se niega la deidad, al haber sido esta el elemento central de las civilizaciones antiguas y no tan antiguas, significa de manera directa rechazar nuestro lugar de origen y nuestro pasado, es de cortas miras y de cabezas sumamente limitadas. Negar a Dios y la negación de fe no deshace las herencias ni los hechos del pasado que nos sitúan hoy, pues si bien la falta de fe es sustancial en países como España, seguimos siendo quienes somos en el mundo político y seguimos estando ubicados en el mismo lugar y en el mismo contexto debido al pasado.

    Para finalizar este artículo, formularé las siguientes preguntas clave: ¿Qué cabe esperar entonces de los ateos frente a la expansión de los musulmanes en nuestros territorios? ¿Cuál ha de ser nuestra posición frente a una serie de principios que contrastan y son contrarios a los nuestros? ¿Qué cabe esperar de nosotros frente a cualquier tipo de cambio político que nos arrastre fuera de lo que históricamente somos? Afirmo: los ateos no estamos privados ni impedidos de enrolarnos con nuestra idiosincrasia nacional ni civilizatoria, pues es la que garantiza históricamente nuestro ser y estar en el mundo político y en la propia Historia con mayúscula, aunque neguemos a Dios. Dado a que poseemos abierta inclinación por entender el Catolicismo y sus razones, así como su amplia filosofía desde San Justino hasta las obras de Benedicto XVI y Francisco, pasando por Santo Tomás de Aquino, y debido a que por muy ateos que seamos procedemos de una sociedad cristiana católica y hemos sido situados donde estamos concretamente por el catolicismo, los ateos materialistas estamos llamados a posicionarnos del lado de los católicos frente a una expansión religiosa política como es el Islam, que ni sabe ni puede separar la esfera religiosa de la esfera política. Los ateos no carecemos de idiosincrasia histórica nacional, la tenemos, y ello nos une, en España, exclusivamente a los católicos. Se acepte o no. Estos principios compartidos de manera histórica nacional e idiosincrática nos han permitido normalizar aspectos políticos hoy que el Islam no recoge ni puede recoger. Ante una extensión de valores opuestos a los de nuestra civilización hispana, cristiana católica y ahora en parte secular hispana en la que los ateos tenemos un peso sustancial, la única postura con sentido para el avance histórico sin dejar de ser quienes somos es la unidad y el apoyo con los católicos españoles e hispanoamericanos. Y no por vacuo interés momentáneo para frenar el avance del Islam en nuestros suelos para después olvidarnos mutuamente, sino porque los lazos que hay entre ateos procedentes de naciones católicas, con los propios católicos, son evidentes y abundan en cada aspecto cultural e histórico que podamos pensar. Otra cosa es que no se sepa ver por falta de conocimiento de la esfera cultural católica.

    Solo la unidad y el apoyo con los católicos puede garantizar que sigamos siendo quienes somos en un mundo ambivalente y fluido donde los valores de importancia están siendo borrados y donde las naciones están siendo vaciadas de contenido debido al avance de la Modernidad liberal capitalista. Solo la unidad con los católicos convendrá en el proseguimiento de nuestro ser y estar en el mundo político y en la Historia con mayúscula, manteniendo los valores a los que estamos hechos y de los que procedemos. Y si los ateos materialistas políticos llegamos en algún momento al poder en España y en Hispanoamérica, estamos llamados a entendernos perfectamente con la Iglesia Católica y con la Santa Sede, pese a nuestro evidente laicismo. Es por esto que ante una materialización del Islam en España y en Hispanoamérica que sobrepase la esfera privada y haga aparición en la esfera política y/o cultural de nuestras naciones, nosotros nos posicionaremos terminantemente en contra de dichos movimientos estratégicos, tratando de evitar su influencia y su influjo en la civilización hispana, pues nada ni nadie puede garantizar que el Islam respete en un momento dado de alto grado de avance político, nuestro ser y estar y nuestra idiosincrasia. Apuntamos aquí a que peca de necedad quien sostenga que el Islam llega para adaptarse en lugar de para crecer exponencialmente e ir restándole peso a nuestro tipo de sociedad para ganarle terreno a la suya. El Islam, por su esencia expansiva, aprovechará el proceso de vaciado civilizatorio e histórico llevado a cabo en nuestro suelo por nuestras élites para rellenarlo con su propio material, y ante esto, insistimos, una unidad con los católicos es crucial para frenar tal fenómeno. Los católicos por sí solos han perdido todas las competencias para influir en la sociedad Moderna liberal capitalista, y los ateos, por sí solos, guardamos demasiadas diferencias de comportamiento con respecto a nuestro pasado histórico como para suponer una unidad en una misma dirección. La unidad está llamada a ser.

    ¿Y qué hay de los ateos idealistas desvinculados del pasado histórico? Estos ateos, por su propia condición valorativa, son enemigos de nuestro ser y estar, enfrentados naturalmente a los ateos materialistas, pues se desentienden de cuestiones políticas propias y de nuestro signo idiosincrático. Estos ateos están enrolados con el avance de la Modernidad liberal capitalista y no con otras posibilidades de avance ni unidad que correspondan a lo que nosotros somos en el mundo. A la hora de la verdad, estos ateos estarán enfrentados a muerte con los ateos materialistas políticos aunque nominalmente afirmen tener la misma ideología política. Ello no será suficiente para saldar el conflicto. O sucumbirán o se pasarán a las filas de los ateos materialistas y a sus concepciones políticas de unidad con lo que ha creado nuestra sociedad, sin término medio posible.

    Estas son las posiciones de los ateos frente a la expansión del Islam. Al no haber un ateísmo genérico fuera de las dos clases mencionadas (el ateísmo no es unívoco), solo podemos entender a los ateos por sus características filosóficas y políticas. Afirmar una falta o negación de fe no es suficiente para entender a los ateos. La posición de estos frente al Islam queda resumida así: o enrolarse con la historia propia o desentenderse de ella para su deshecho. No cabe alternativa palpable a estas dos hoy en día, en pleno siglo XXI.