¿Está Cuba vendiendo una nueva imagen al mundo?

¿Puede cierta parte de la cúpula cubana estar buscando atraer inversión de capitales internacionales a la isla?

Las recientes declaraciones del nieto de Raúl Castro, también conocido como “El Cangrejo”, han provocado una oleada de críticas en el país caribeño. Entre ellas destacan dos afirmaciones que han concentrado la atención pública: que le gustaría que todos los cubanos vivieran como él vive y que está dispuesto a luchar por “la Cuba de estos hombres”, mientras exhibía un medallón de oro con las iniciales de Fidel y de Raúl Castro.

La reacción fue la previsible: En un país sumido en una profunda crisis económica, donde buena parte de la población enfrenta escasez de alimentos, medicamentos y servicios básicos, la ostentación de riqueza por parte de un miembro de la familia gobernante resulta difícil de justificar. A ello se suma un elemento simbólico, y es que no habló de defender un proyecto político o una idea de país, sino la Cuba de sus propios abuelos, reforzando la imagen ya existente de un poder concebido como patrimonio familiar.

Todo eso ya se ha dicho, sin embargo, quizás conviene preguntarse:

¿Y si el verdadero destinatario de ese mensaje no era el pueblo cubano?

Durante años, el principal desafío de Cuba para atraer inversión extranjera no ha sido únicamente el embargo/bloqueo estadounidense. También ha sido la desconfianza. El país arrastra un historial de expropiaciones, cambios regulatorios inesperados y decisiones que han generado incertidumbre entre potenciales inversionistas. Aprobar nuevas leyes para ampliar el sector privado o facilitar negocios puede ser importante, pero ninguna legislación elimina por sí sola décadas de recelo.

Desde esa perspectiva, cabe plantear una hipótesis: ¿está intentando la dirigencia cubana proyectar una imagen distinta ante el gran capital internacional?

Si ese fuera el caso, declaraciones como las de “El Cangrejo” podrían interpretarse de otra manera. La exhibición de riqueza, privilegios y una vida muy alejada de la austeridad revolucionaria podría estar enviando un mensaje implícito: quienes gobiernan Cuba ya no quieren ser vistos como dirigentes movidos exclusivamente por convicciones ideológicas, sino como una élite pragmática con intereses económicos propios. En otras palabras, una élite con la que es posible hacer negocios.

Esta idea recuerda, aunque haya importantes diferencias, a las reformas impulsadas por Deng Xiaoping en China. En Occidente, muchos interpretaron entonces la apertura económica como una renuncia al socialismo. Décadas después quedó claro que el Partido Comunista de China había utilizado la inversión extranjera para fortalecer el desarrollo económico sin ceder control político.

Cuba no es China y sus condiciones no son comparables. Precisamente por ello, si existiera una estrategia semejante, probablemente tendría que expresarse de una forma diferente. Tal vez incluso aceptando un elevado costo político: deteriorar la imagen revolucionaria que durante décadas sirvió como elemento de legitimidad.

Paradójicamente, asumir públicamente una imagen de privilegio también podría neutralizar parte de la narrativa utilizada contra el gobierno cubano. Durante años se ha acusado a la dirigencia de vivir rodeada de lujos mientras el pueblo soporta las dificultades. Si ahora esa imagen es mostrada sin disimulo, deja de ser una revelación y pasa a formar parte del paisaje político.

Pero el efecto más importante podría producirse fuera de Cuba. Si grandes inversionistas concluyen que la prioridad de quienes gobiernan es conservar el poder y garantizar la estabilidad de sus intereses económicos, podrían considerar que el país ofrece un entorno más predecible para invertir. Y si aumentaran esas inversiones, también crecerían los grupos económicos interesados en que Estados Unidos reduzca las restricciones que afectan a la isla, no por simpatía política, sino para proteger sus propios negocios.

Nada demuestra que esta sea realmente la estrategia del gobierno cubano, no existen pruebas públicas que permitan afirmarlo. Se trata únicamente de una conjetura, pero precisamente por eso merece ser discutida.

A veces, el mayor error en política consiste en asumir que todos los mensajes están dirigidos al público que los escucha. Es posible que algunas declaraciones, por polémicas que parezcan, no busquen convencer a los ciudadanos, sino enviar señales a quienes toman decisiones en los mercados internacionales.

Y si ese fuera el caso, quizá la entrevista de “El Cangrejo” diga mucho menos sobre la Cuba que existe hoy que sobre la que ciertos sectores del poder cubano quiere vender ante el mundo.

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *