De las Vanguardias Iberófonas, su raíz católica y el marxismo

Las vanguardias Iberófonas como herederas de la tradición racional civilizatoria que va desde la antigua Grecia, pasando por Santo Tomás, la Escuela de Salamanca, Marx y Gustavo Bueno.

Muchos me han preguntado si las Vanguardias Iberófonas son “verdaderamente” marxistas. A estas personas van dirigidas estas líneas. La respuesta corta es que sí, somos marxistas, pero hay que matizar una serie de cuestiones porque no existe un solo marxismo sino distintas corrientes o vertientes del mismo, muchas incluso enfrentadas entre sí.

Se podría decir que existe un “tronco común” de ideas fundamentales, pero a partir de ahí, el pensamiento marxista se ha ramificado en diversas direcciones, a menudo en debate unas con otras (como el trotskismo con el estalinismo, o los conflictos entre soviéticos y maoístas).

Cuando hablamos de marxismo nos referimos al “materialismo histórico”, que es el método de análisis y razonamiento sistemático basado en las tesis de Marx. Así, en las Vanguardias Iberófonas Socialistas somos tan marxistas como somos aristotélicos, platónicos, tomistas, espinozistas, hegelianos, escolásticos —y gustavobuenistas—, entre otros. Porque el propio Marx también era esencialmente aristotélico-tomista. Y como diría Gustavo Bueno, no reconocer la importancia de Marx en la historia del pensamiento equivale a ser precopernicano.

Por eso nos suscribimos al Materialismo Político, la doctrina filosófica propuesta por Santiago Armesilla. Es una doctrina que, desde nuestra propia herencia filosófica y cultural hispano-católica, fusiona el materialismo histórico de Marx y Engels con el materialismo filosófico de Gustavo Bueno y otras fuentes más.

Ahora bien, sabemos que desde distintos sectores marxistas se suelen acusar unos a otros de no ser “verdaderos” marxistas. A estos críticos hay que responderles un par de cosas.

En primer lugar, que como ya dijimos, no existe un solo marxismo, sino que existen diversas vertientes del mismo. En segundo lugar, que el propio Marx afirmó no ser marxista. Y la solidez de su pensamiento estaba, precisamente, en la síntesis de fuentes tan diversas que contenía.

El filósofo Moses Hess, quien inicialmente fue compañero de Marx en los hegelianos de izquierda, aunque después se enfrentaran tanto filosófica como políticamente, describió el pensamiento de Marx de una manera muy reveladora. Decía que no era una mera colección de autores —lo que hoy entenderíamos por eclecticismo—, sino una combinación propia, auténtica y coherente de todos ellos. Una combinación que integraba lo más interesante de cada uno.

Fragmento de la carta de Moses Hess a Berthold Auerbach (2 de septiembre de 1841) elogiando la profundidad filosófica de Marx. Reproducción de M. Rubel en Karl Marx, Essai de biographie intellectuelle, Éd. Marcel Rivière, 1971.

Y eso es lo revolucionario del materialismo histórico: la capacidad que tuvieron Marx y Engels de nutrirse de elementos tan diversos. Por ejemplo, las ideas de la Ilustración francesa —con Rousseau, La Mettrie o Holbach—; los economistas clásicos ingleses, como Adam Smith y David Ricardo; la filosofía clásica griega de Aristóteles, Platón y Epicuro; el método dialéctico hegeliano; los materialismos premarxistas de Feuerbach, Gassendi o Diderot; las ciencias naturales y formales más avanzadas de su época; e incluso los valores morales cristianos, como el propio Engels reconoce en su Contribución a la historia del cristianismo primitivo donde valora positivamente al cristianismo en sus orígenes como un movimiento revolucionario de las clases oprimidas comparándolo con el movimiento socialismo obrero de su época.

De todos estos saberes tomaron postura dialécticamente, decantándose por los postulados más potentes, racionales y compatibles con la realidad de cada uno. Y todo ello en coherencia con unos principios rectores que también definieron dialécticamente, no dogmáticamente. Estos principios constituirían los fundamentos de su sistema filosófico, de su método dialéctico de análisis y razonamiento sistemático: el materialismo histórico. Como ya se dijo, eso es lo que entendemos como marxismo.

La potencia de un sistema filosófico radica en su síntesis de determinaciones. Es decir, en la capacidad que tenga de asimilar otros saberes, de sintetizar otros sistemas y conocimientos dentro de sus propias categorías. Esta es la clave del éxito chino: la síntesis del marxismo con su propia tradición civilizatoria —el confucianismo, el taoísmo y el budismo—. Y es esencialmente la misma idea que quiso expresar Gustavo Bueno cuando dijo: “Como si fuera un animal de presa, cada sistema filosófico tiene que vigilar y conocer atentamente a los otros sistemas filosóficos, porque de ellos, una vez destruidos —o asimilados—, depende su propia verdad”.

Las Vanguardias Iberófonas se reconocen como coherederas legítimas —aunque no las únicas— de la escolástica hispano-católica, que tiene su mayor auge en la Escuela de Salamanca. Esta tradición es, para nosotros, la continuación y superación de la filosofía griega, el derecho romano, la moral cristiana y sus respectivos mestizajes que la nutrieron y enriquecieron inmensamente. Son para el mundo hispano lo que el confucianismo, el budismo y el taoísmo son para el pueblo chino.

Es el propio Marx quien en La sagrada familia reconoce en los escolásticos los primeros esbozos del pensamiento materialista aunque con los elementos teológicos propios de su época y las limitaciones de su respectivo momento histórico, pero fue en el seno de la escolástica que se desarrollaría el método de análisis y razonamiento que seguiría evolucionando hasta llegar a la racionalidad que Marx hereda, reorganiza y reconstruye.

La escolástica es una de las filosofías más racionales y sistemáticas de la historia, entre otras cosas, por sus fundamentos. En ella, como lo dice la Biblia (Jn 8:32), desarrolla Santo Tomás y profundiza Francisco Suárez, está la idea de que solo la verdad nos hará libres. Y a la verdad se accede mediante el uso de la razón, que no se opone a la fe, sino que la complementa, a diferencia de la tradición musulmana o la protestante que consideraban a la razón como enemiga de la fe.

La libertad es, entonces, para la tradición católica, el conocimiento de la verdad mediante el ejercicio racional orientado al bien común: la búsqueda del bien, la verdad y la belleza.

¿Y cómo sabemos qué es la verdad?, para la misma tradición escolástica-aristotélica, lo verdadero se define como la coherencia o correspondencia entre el juicio —entre lo que se dice— y la realidad —lo que es, lo que existe—. Un criterio profundamente racionalista y realista o protomaterialista —desde nuestras coordenadas—, tal y como lo definió Aristóteles en su Metafísica:

Decir de lo que es que no es, o de lo que no es
que es, es falso; decir de lo que es que es y de lo
que no es que no es, es verdadero.

Y es más, todavía cabe decir que el mismo Marx era también heredero indirecto de esta racionalidad católica. El historiador británico Richard Henry Tawney, en su libro Religion and the Rise of Capitalism de 1926, supo dar cuenta de ello magistralmente cuando dijo que “la auténtica herencia de las doctrinas del Aquinate es la teoría del valor-trabajo: el último de los escolásticos es Karl Marx”. Lo dice, entre otras cosas porque fue Marx quien retoma la tradición que defendía una teoría objetiva del valor desde Santo Tomás de Aquino, con quien coincide en que el valor de una mercancía debe guardar relación con el trabajo incorporado en ella, y ambos rechazan interpretaciones puramente subjetivas del mismo, aun cuando sus marcos conceptuales, sus fundamentos ontológicos y objetivos teóricos-políticos eran distintos.

Así mismo las ideas de propiedad colectiva y que el pueblo puede rebelarse contra un gobierno injusto, incluso mediante la violencia, cuando no se gobierna para el bien común sino para favorecer intereses individuales o particulares; estos eran valores e ideas postuladas y defendidas por los escolásticos (como Juan de Mariana en De rege et regis institutione de 1599), que depurados de sus elementos espiritualistas, idealistas y teológicos, dan lugar a la idea de revolución comunista materialista en el marxismo.

Mientras que los marxistas escolares se pelean por ver quién es más “fiel” a lo que decía Marx, por ver quién es un “verdadero” marxista, en la escuela del Materialismo Político hacemos algo distinto. Además de estudiar su obra con rigor, nos esforzamos en hacer también lo que Marx hacía. O, mejor dicho, nos esforzamos en lograr la síntesis coherente entre lo que Marx hacía —lo que está en ejercicio— y lo que decía —lo que está en representación—; entre lo implícito y lo explícito. Y Marx no hacía otra cosa que estudiar y entretejer una enorme pluralidad de fuentes, tomando postura apagógicamente por las tesis más potentes, más racionales y compatibles con la realidad. No se puede decir que eso fuera un mero eclecticismo, porque el pensamiento ecléctico no puede aspirar a una racionalidad filosófica sólida. El eclecticismo se limita a “recoger” ideas de todas las fuentes, pero sin integrarlas críticamente en una totalidad coherente.

Por eso no somos marxistas talmudistas. Y aunque consideramos a Marx una parte imprescindible de la historia del pensamiento, en la base de nuestro sistema filosófico no está su palabra solo por ser Marx. Tampoco la palabra de Gustavo Bueno, ni la de Santo Tomás, ni la de Aristóteles, ni la de nadie. En la base de nuestro sistema filosófico sólo está la dialéctica: el método apagógico. Ese método que busca, por demostración de la falsedad de las tesis opuestas, afirmar la verdad de sus propias tesis. Es decir, es un método que tiene que tener en cuenta todas las tesis que van saliendo por el camino e ir tomando postura por las que se demuestran verdaderas, por las más potentes y coherentes con la realidad, no por las que nos parezcan más bonitas o más simpáticas.

Y aunque reivindicamos nuestra propia tradición filosófica hispánica, helénica, romana y mestiza, al final no respondemos a ninguna exigencia de compatibilidad con ninguna escuela o tradición sino con la realidad material misma.

Porque esa es la única forma de honrar y ser realmente fieles a nuestra tradición y al deber de todo filósofo. Como lo hubiera dicho Aristóteles en la Ética a Nicómaco: “Somos amigos de Platón pero somos más amigos de la verdad”. Del mismo modo en nuestra escuela decimos que somos amigos de Marx, Bueno y Santo Tomás, pero también somos más amigos de la verdad. Y la única verdad es la realidad, y la realidad es material. Por eso somos, antes que nada, materialistas.

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